sábado, 1 de noviembre de 2008

Dignidad

La corruptela política y el honor son los dos polos opuestos de un mismo camino, que tal vez, en tiempos difíciles dejan más a las claras las miserias de muchos que han hecho del despacho de diseño, el coche tuneado y el móvil gratuito su modo de vida. ¿A quién hubiera expulsado del Parlamento Cromwell tras el bochornoso espectáculo del hemiciclo casi vacío en una sesión de control al Gobierno? Sus señorías, ellos solitos, se han encargado de echarse fango sobre sí mismo y llevando a la calle el debate de la necesaria regeneración política. No se trata de enviarles a la guillotina como a los infortunados girondinos de la Revolución Francesa, pero al menos más de uno debería reflexionar. Mientras los precios, el paro y la crisis no dan respiro y se ceban principalmente con el que menos tiene, basta rascar un poco para que aparezcan botes de cola-cao enterrados en el jardín forrados de los llamados Bin Laden, los de 500 euros; mujeres despechadas contra sus ex maridos que revelan cómo entraban en su casa bolsas de basura llenas de pasta; o tramas de andar por casa para desviar la mitad de un presupuesto municipal para que una empresa familiar construyera en suelo rústico una urbanización. Ha llegado la hora de bajarse de la nube, o de la burbuja, y demostrar que también en política hay gente buena, como esas miles de personas anónimas que cada día ayudan a los demás, aquí o en una ONG de la selva ecuatoriana. Recuerdo con cariño a un alcalde, siempre pegado a su habano y del que ahora se celebra el primer aniversario de su muerte, que respondía personalmente por sus paisanos ante el mismísimo general Franco, que organizaba carnavales pese a la negativa del gobernador civil o que removía Roma con Santiago para que el Banco Hipotecario le diera un crédito para construir viviendas sociales. En esos años difíciles del franquismo, en los que no había un céntimo, estaba siempre al lado de sus vecinos porque la gente buena existe en cualquier coordenada espacio-tiempo. Todo es distinto ahora, cierto, pero con alcaldes como él suscribo aquello que el actor Juan Luis Galiardo proclamó en pleno éxtasis histriónico: ¡Haced siempre caso a vuestros alcaldes y a vuestros padres!

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