martes, 5 de agosto de 2008

Reunión para reunirse

El municipio madrileño de Villalbilla se ha instalado en las altas esferas de la discusión política gracias a una de las conductas más reprobables de los representantes del pueblo: el transfuguismo. Los poco más de ocho mil habitantes de Villalbilla están ya familiarizados con una palabra, transfuguismo, que casi se atasca al pronunciarla. Puede que el experimento de Villalbilla, que para muchos era un pacto contranatura, tuviera razón de ser en un municipio de estas características si hubiera contado con el visto buenos de los dos aparatos regionales, no sólo de uno, pero el desprecio al Pacto y los sueldos desmesurados de sus protagonistas lo ponen en la picota. Tal vez no haya mayor ejemplo de democracia que un acuerdo entre PP y PSOE para gobernar en pequeños municipios, donde los vecinos se topan con su alcalde y los concejales en plena calle; donde los salones de plenos deben dedicarse a solucionar problemas cercanos como fijar las tasas municipales o el arreglo de la depuradora, pero no a debatir sobre el escudo antimisiles o jugar a diputados de la Carrera de San Jerónimo. El municipalismo es otra cosa. Todo hay que hacerlo respetando las reglas del juego, la disciplina de partido, la opinión de los votantes, que son los que depositan su confianza en los políticos, y las instituciones. En Villalbilla, los políticos que permiten este acuerdo han mirado más hacia sí mismos que hacia sus votantes y un año después de las elecciones nada ha cambiado. Si un dictamen de la Comisión de Seguimiento del Pacto Antitransfuguismo no se aplica de manera inmediata sólo cabe preguntarse si estas reuniones, en las que las formas superan al fondo, sirven para algo. Y es que lo que está en juego es la credibilidad política. Nada más y nada menos.

viernes, 1 de agosto de 2008

Embarcados


Durante los meses de vacaciones son muchos los que están en la playa deleitándose con el preciso devenir de las olas y contemplando el horizonte donde termina el mar. Para algunos de esos turistas, relajarse frente al mar viene a ser lo mismo que aquella Posada Almayer creada por Alessandro Baricco en su emotivo Océano Mar. Varios personajes de distinta índole convergen en esa misteriosa posada situada junto a la orilla del mar, de la misma manera que estos días otros se relajan viendo los barcos que navegan a escasas millas de la costa. A bordo van los embarcados, esos hombres casi anónimos para los que su vida es el mar, o la mar, como prefieren decir. Saben que por mucho que lo intenten, serán siempre ellos los que tendrán que adaptarse a las tempestades y a las encalmadas; pero nunca al revés. La ley de mar es implacable y por mucho que pretendan ponerle fronteras, nunca conseguirán dominar un medio tan salvaje, hostil y poderoso, como bello, sensual y hermoso. Los embarcados lo saben bien, mejor que nadie, de la misma manera que siempre han echado de menos la falta de atención de las autoridades españolas. El caso del Playa de Bakio, que vuelve a faenar en aguas llenas de piratas en versión moderna, puede simbolizar el olvido que padecen a diario todo tipo de navegantes. Hace poco un viejo marino mercante recordaba el desprecio de un camarero que hace unas décadas le servía un café en una plaza de Huelva, donde su barco se encontraba cargando mineral de hierro con destino al puerto de Hamburgo.
–Usted es un embarcado, ¿verdad? –preguntó con cierto desaire el camarero.
–Sí –Reconoció a secas y algo molesto el lobo de mar, que se tragó su ira. Tras la pregunta ya sólo deseaba zarpar. Sabía que en el mar nadie le iba a preguntar qué era. El mar ahí fuera es igual para todos los embarcados. Ese infinito mar es como la Posada Almayer.