viernes, 19 de noviembre de 2010

'Se alquila'


Hace unos días volví al barrio en el que me crié. De vez en cuando me dejo caer por allí, aunque nunca me preocupó perder el tiempo en añoranzas. El otro día me dio por ahí y de repente me di cuenta de la cantidad de recuerdos que conservo de mi niñez. Este lugar permanece en mi imaginario personal tal cual, casi intacto. Las cosas han cambiado, pero la visión que yo tenía de un barrio que en los años setenta mis ojos veían en blanco y negro ofrecía más optimismo que ahora, en la era de la alta definición y las redes sociales. Allí estaban los descampados donde dí las primeras patadas al balón y las calles donde desarrollé mis primeras relaciones sociales con el mundo que se abría a mis ojos. Supongo que esas relaciones sociales tienen algo que ver con lo que los niños estudian en Educación para la Ciudadanía, la manera ilustrada que sirve ahora para preparar el arreón diario. En aquellas calles estaba la bodega donde me mandaban a cambiar los cascos de las botellas usadas, la panadería donde compraba las pistolas de pan, la tienda de ultramarinos donde se apilaban pirámides de latas de conserva o la peluquería donde me llevé más de un berrinche porque me cortaban el pelo. El otro día volví al barrio, tomé un café, vacilé a los madridistas del bar y hasta reconocí al facha y al rocker que lideraban las pandillas. Al subir en el coche para irme fue cuando percibí el conformismo que ahora se respira allí. Fue mientras escuchaba por la radio la versión más pesimista de José Luis Rodríguez Zapatero en su comparecencia en el Congreso de los Diputados en el pleno monográfico sobre desempleo. Ahora que su optimismo antropológico en materia económica ha pasado a mejor vida y que la realidad impone recortes drásticos para reducir el gasto publico tras aquel fatídico fin de semana de mayo en el que el Ecofin tiró de las orejas a España el pesimismo va por barrios. Durante un rato paseé por la calle en la que hace unas décadas (¡oh, cielos!) corría en pantalones cortos y jugaba a las chapas o a las canicas. El pesimismo también se adueñó de mí. Durante unos años las tiendas de antaño fueron sustituidas por otras de la misma manera que el ciclo de la vida dicta su inapelable veredicto. Pero ahora, más que nunca, abundan los locales de los que cuelga el cartel de Se Alquila, y los negocios abiertos escasean. No tengo tienda, ni negocio alguno, pero como sigamos así también voy a tener que poner en esta columna el menor día el cartel de Se Alquila. Al fin y al cabo, sería volver al barrio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario