lunes, 31 de octubre de 2011

Excesos




España es el país de la exageración. Aquí todo se sale de madre. Cuando algo se pone de moda se lleva hasta extremos inimaginables hasta el punto de que se atomiza y luego, una vez que explota, se critica y se pone a parir con saña. Y no sólo se critica sino que también aparecen los negacionistas de turno, esos que niegan la mayor tras abrazar el oportunismo del “yo no he sido, no sé nada, es la primera vez que vengo “. En mi casa, por ejemplo, reposaron durante años un par de botellas de ginebra a la espera de unas gargantas sedientas. En una noche en la que parecía que en Madrid se había decretado la Ley Seca las dos botellas de ginebra se vaciaron en un plis-plas mientras que me quedé a solas con la de Jameson. Hasta hace poco se estilaban más el whisky o el ron, pero ahora la ginebra no tiene competencia. Lo que sucedió esa noche es que la ginebra y la sed terminaron por encontrarse, confieso que con algo de amargor por mi parte, porque como anfitrión lamenté no tener ni las marcas de ginebra ni la de tónica que mis invitados requirieron con una asombrosa naturalidad. “Un gin-tonic es un gin-tonic, aquí y en Sebastopol”-, pensaba hacia mis adentros cuando sacaba el hielo y el limón para preparar esta popular bebida digestiva cuando, de repente, uno interrumpió mis pensamientos para pedirme pepino en lugar del limón. A partir de ahí todo era posible, lo que propició que la tertulia girara en torno a las decenas de miles de marcas de ginebra que hay en el mercado, dónde se preparan los mejores gin-tonics de la ciudad o del mundo mundial, cuántas partes de ginebra hay que poner por las de tónica y si la Reina Madre Isabel de Inglaterra tuvo una longeva vida antes de estirar la pata a los 102 años porque  todos los días se atizaba algún que otro gin-tonic bien cargado. En el país de  los excesos el gin-tonic está tan de moda como las calabazas del Halloween o los partidos de fútbol a todas horas. Pero la tontería que se respira por estos lares hace aguas cuando quiere presumir de vintage. No sé si la tontería hay que agitarla o removerla pero aquí si hay barra libre en algo es, precisamente, en agitar y remover sin rubor alguno. Las acaloradas tertulias políticas, que han encontrado en la televisión digital el filón de la audiencia, o los programas de corazón, en los que el entrevistador se acaba mutando en personaje, entre acusaciones y juicios sumarísimos de sus propios compañeros o del público, son un buen ejemplo para medir la temperatura de los excesos que nos rodean. Igual que esos consejeros de cajas o altos directivos que se aseguran una pensión vitalicia millonaria, aunque su gestión deje mucho que desear o roce casi lo delictivo. Aunque para exageraciones nada como que casi cinco millones de personas estén en España sin trabajo. Eso sí que es exagerado, real y dramático.

viernes, 21 de octubre de 2011

¿El fin de ETA?

La noticia que cualquier periodista siempre ha querido escribir es el fin de ETA. Y ese día ha llegado o, al menos, así lo parece. Sin embargo, una vez más la perversión del lenguaje que utiliza la banda de asesinos deja la puerta abierta a ciertas dudas. El jueves 20 de octubre de 2011 es histórico, sin duda, pero el comunicado en el que ETA anuncia el "cese definitivo de la lucha armada" se queda cojo.

Tras un sanguinario historial con 858 víctimas mortales e incontables familias rotas a sus espaldas a golpe de tiros en la nuca y bombas lapa, lo que muchos españoles hubieran deseado es la disolución de este grupo terrorista, que desapareciera de una vez y que todos los terroristas acabaran con sus huesos en prisión.



La memoria de las víctimas, de todos aquellos que han pagado con sus vidas la sinrazón y la barbarie de unos asesinos, no puede quedar en el olvido. Este comunicado no puede suponer una carta en blanco para que se haga borrón y cuenta nueva. Por eso ahora, el Gobierno actual y que salga ganador de los comicios del 20-N se enfrenta a la no menos difícil papeleta de gestionar un escenario más esperanzador que nunca, sin la amenaza de la pistolas, pero que también debe llevar ante la Justicia a los etarras y a todo aquel sospechoso de haber colaborado con la banda armada en sus crímenes. Prófugos como Josu Ternera no pueden salir indemnes. Ni él, ni tantos otros que tanto daño han causado a víctimas inocentes.

Sin una palabra de perdón hacia las víctimas de la barbarie durante varias décadas, el comunicado de ETA deja un sabor amargo. Han robado años de liberdad y la democracia ha pagado un alto precio. Pero en la vida, todas las cosas tienen un principio y un final. Que ETA anuncie que deja de matar es algo que debe llevar cuanto antes a su desarme, la entrega de las armas y su disolución. Es el principio del fin.

El orden de factores del fin de ETA debería haber sido otro. Primero rendición y entrega de las armas, y luego que la izquierda abertzale vinculada a la serpiente enroscada en un hacha entrara en las instituciones democráticas. Pero ha sido al revés. Detrás de estos últimos movimientos los etarras y sus amigos, esos que ahora gobiernan en el Ayuntamiento o en la Diputación de Guipúzcoa, han hecho todo lo posible por maquillar su derrota ante el estado de Derecho y el mundo. Que no pareciera lo que es, una derrota. Sólo así se puede entender la pantomima de la conferencia de paz de San Sebastián, con unos mediadores internacionales que se han prestado a legitimar a una banda de asesinos, con idéntico lenguaje al de la banda terrorista en su declaración final, contribuyendo a una infame propaganda.

Tras el comunicado del jueves se demuestra que todo estaba preparado, con la mano visible de los terroristas y sus acólitos. Pero sea como sea, el cese definitivo de la lucha armada es la mejor de las noticias para la democracia, aunque cabe preguntarse una cosa: ¿Es el fin de ETA? Ojalá.

viernes, 14 de octubre de 2011

El gregario Gallardón



Oculto bajo un casco con visera negra, Alberto Ruiz Gallardón se hizo famoso por inspeccionar la ciudad de Madrid de incógnito, desplazándose de un lugar a otro en moto. Era una práctica que ya hacía como presidente de la Comunidad de Madrid. Aparecía raudo y veloz, en horarios intempestivos por cualquier carretera o rotonda para verificar su estado y tirar de las orejas o, en su caso, felicitar a los responsables. Muchos dijeron haberle visto, pero poco lo pudieron corroborar. Puede que haya más de leyenda urbana que de realidad en esta práctica gallardoniana, que con el paso de los años acrecenta el mito del aún alcalde. Tan de incógnito como cuando inspeccionaba la ciudad oculto bajo el casco, ha llegado al puesto número 4 de la lista electoral del PP por Madrid. Atrás queda el ya famoso rifirrafe de enero de 2008, con ascensor incluido, cuando admitió que había sido derrotado. Cuentan las crónicas que Gallardón hasta se planteó dejar la política. Desde entonces no ha abierto la boca, ha hecho partido y se ha posicionado, silencioso y con su casco, al lado de Rajoy. Pero, mira por dónde, ahora está más cerca que nunca de alcanzar su sueño: ser ministro. Si se cumplen las previsiones que anticipan los diferentes sondeos el PP ganará las elecciones el 22-N y Rajoy será el encargado de confeccionar el nuevo gobierno. Y la videncia política sitúa a Gallardón, que de todas todas también sera diputado, en una de las carteras ministeriales, probablemente en una de las de más peso. Rajoy no dice ni mu, fiel a su carácter prudente, y el propio Gallardón tira del manual de lo políticamente correcto para soltar frases como “mi compromiso en política es trabajar por Madrid y por España”. Pero a Gallardón le resulta tan difícil contener su satisfacción como al propio Rajoy controlar la euforia de los suyos ante el hipotético cambio de gobierno tras el 20-N. Rajoy es tan famoso por sus silencios como con su paciencia infinita, pero también tiene muy claro a quién quiere a su lado. Así ha resuelto las crisis internas en Madrid y en Valencia, donde ha evitado tomar medidas bruscas y se ha aliado con el tiempo para solucionar las disputas con la espera como método. Será que Rajoy, al que le gusta tanto el ciclismo, emula a Indurain y como el ciclista navarro prefiere no mostrar gestos de preocupación a sus adversarios ante una escapada peligrosa. Indurain cazaba a los adversarios de pronto, imponiendo un ritmo imposible para las piernas de sus compañeros en la cabeza del pelotón, pero nunca saltaba a lo loco con un potente golpe de pedal. Claro, que Indurain se llevó la gloria cinco veces en el Tour de Francia y Rajoy, por ahora, no ha ganado nunca como candidato unas elecciones generales. Ahora, entre sus gregarios de confianza cuenta con Gallardón, que con casco negro y sin él, trabajará para el líder porque como dijo en su momento “el que sabe de ciclismo es Mariano Rajoy, los demás estamos en el pelotón”.

lunes, 3 de octubre de 2011

Candidato&vicepresidente





Sostienen algunos tertulianos que a Alfredo Pérez Rubalcaba no le importa colocarse en el peor de los escenarios posibles para estimular a sus votantes. Suena un poco a teoría conspirativa pero ya que parte con las encuestas cuesta arriba, todo lo que  sea perder por la mínima sería un buen resultado. Lo que queda de la Conferencia Política del PSOE son más sombras que luces. Sorprende que Rubalcaba se haya instalado en los tiempos mejores del pasado, casi nostálgicos, para mirar al futuro. Sorprende que el candidato socialista a la presidencia del Gobierno se desmarque de las políticas de José Luis Rodríguez Zapatero pero luego se haga la foto con él. Sorprende que recurra a Felipe González como estrella de la conferencia para insuflar ánimo a sus simpatizantes y militantes. Sorprende que defina estas elecciones como “una encrucijada con una trascendencia tan enorme como las de 1977”, en las que el desconocido Felipe González logró el peor resultado electoral del PSOE desde la llegada de la democracia. Y sorprende, que Rubalcaba proclame que “no me voy a dejar ganar”. Todo esto suena a arenga frente a la desesperación, ante unas encuestas en las que el PSOE no remonta. Tras unas primarias que no lo han sido, por mucho que se defiendan desde Ferraz, la solución del PSOE ha sido recurrir al banquillo. La socialdemocracia está en crisis en España, sin referentes. Rubalcaba no es como ese Tony Blair que en 1994 empezó a modernizar el Partido Laborista, que a través de la tercera vía abrió la formación hacia las clases medias. Blair tuvo que esperar tres años para acabar con casi veinte años de conservadurismo en Gran Bretaña. Casi igual que Zapatero, tras hacerse con las riendas del partido y apostar por el modelo Blair. Hoy  España está sumida en una profunda crisis, con el zapaterismo agotado, con un candidato que ha acompañado a ZP desde el primer día y que en sus listas electorales opta por los de siempre porque no hay banquillo. Chaves, Barreda, Guerra son algunos de sus fichajes, mientras que otros saltan del barco como Elena Salgado, Carmen Calvo, Miguel Sebastián o Ángel Gabilondo. La diferencia entre el éxito y el fracaso de Rubalcaba el 20N en las urnas estará en la manera de gestionar su propio currículum, desmarcarse de la herencia envenenada de Zapatero y esperar a que la apelación, casi a la desesperada, al voto útil dé resultado. Rubalcaba no es un joven socialista, casi desconocido, que contagie la misma ilusión que Blair, González o Zapatero en su momento. El partido está desgastado por la tarea de gobierno y los bandazos continuos de ZP a la hora de afrontar la crisis. Rubalcaba no es un valor emergente en el socialismo español, puede que una pieza básica, que ya quisiera tener el PP entre sus filas. Pero dudo que pueda ganar las elecciones cargando contra los ricos o metiendo mano al alcohol y el tabaco para financiar la sanidad. Hace falta algo más. Rubalcaba ya ha avisado que va a luchar hasta el final, aunque tendrá difícil convencer a los españoles de que no tiene nada que ver con el Gobierno de Zapatero. Por eso el mayor enemigo del candidato Rubalcaba es el vicepresidente Rubalcaba. Una difícil bipolaridad.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Inoperativo

Hace unos meses, en esta misma columna, conté la increíble historia de Miguel. Les refresco la memoria. Miguel era un tipo con el que coincidí al inicio de mi vida laboral y con el que me reencontré un día en plena calle un par de décadas después. Era un friki que tras pasarse media vida enganchado a la última novedad tecnológica que caía en sus manos desde su primer Spectrum había dado un paso más. Se había sometido a varias operaciones para implantarse en su cerebro todas las redes sociales habidas y por haber. Mediante unos pequeños chips, colocados en el lugar oportuno del cerebro los mensajes de Twitter, Facebook  o Tuenti circulaban con tanta rapidez por su cabeza que había logrado algo extraordinario: tener la capacidad de vivir la vida de los otros. Con tanto mensaje ya no hablaba de él.






El inesperado reencuentro me dejó tan descolocado que desde entonces no dejé de preguntarme cómo era posible que andara por ahí un tipo con chips prodigiosos implantados en la cabeza. Eso alimentó mi curiosidad, lo que propició que siguiera sus tweets y que solicitara  su amistad en Facebook, aunque nunca intercambié con él mensaje alguno.  Como voyeaur de las redes sociales me limité a prestar a especial atención a sus comentarios. No se le escapaba nada de la actualidad. Era capaz de comentar los trending topic del día (los términos más repetidos en twitter), de responder al comentario de cualquier hijo de vecinos y opinar de todo. Recuerdo, por ejemplo, como hablaba de la boda de la Duquesa de Alba, las andanzas de Justin Bieber o el fiestorro de la divorciada Jennifer López con la misma presteza que en asuntos como la ayuda de la Unión Europea a Grecia, la amenaza del Fondo Monetario Internacional de hacer una auditoría externa a la banca española, el fin de los toros en Cataluña, la creación de eurobonos o la feroz crítica de Carlos Boyero a La piel que habito, de Pedro Almodóvar. 


Simplemente, Miguel tenía la necesidad de comentar toda la información que llegaba a su cerebro. Y era infinita. Hace unos días que Miguel murió. Estaba en una céntrica cafetería de la ciudad y se desplomó. Nunca más se despertó. Había caído fulminado. Los médicos que le atendieron sólo pudieron certificar su fallecimiento. Tras el barullo que se armó  en la cafetería fue trasladado al Instituto Anatómico Forense para practicarle la autopsia. El juez lo decidió así tras personarse en la cafetería para ordenar el levantamiento del cadáver. No las tenía todas consigo y quería saber las causas de la repentina muerte de aquel hombre. Junto a él encontraron una Blackberry y una Ipad de Apple, que seguían escupiendo mensajes e informaciones como si nada hubiera pasado. Unos días después del trágico suceso la autopsia determinó las causas del fallecimiento: un ictus cerebral por sobreabundancia de información.

lunes, 19 de septiembre de 2011

BA-LON-CES-TO




En 1984 los Corbalán, Solozábal, Epi, Itu, Margall, Romay y compañía nos dieron la madrugada. De paso nos colgamos con ellos la medalla de plata de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Todo un hito. Esa noche de verano soñé que por fin estábamos cerca de ser como los yugoslavos y los rusos, claros dominadores europeos. A la selección norteamericana la veía como una misión imposible porque jamás seríamos capaces de echarles ni a codazos de la zona, ni defender como ellos ni meterla para abajo con la misma soltura que los creadores de ese deporte llamado baloncesto cuyo origen se atribuye a un profesor de la YMCA de Springfied llamado Jerry Naismith "hace mucho, mucho tiempo" ("A long time ago", que dirían los guiris..). 


Batallitas aparte, aquel equipo que dirigía el inolvidable Antonio Díaz Miguel -¿para cuándo el homenaje en toda regla que se merece?- tenía talento y virtudes que perviven en la actualidad. Con el paso de los años le doy más valor a la hazaña del 84. Jugar una final en la tierra de la NBA, frente a estrellas norteamericanas de la talla de Pat Ewing, Michael Jordan o ese cazador nato del aro contrario llamado Chris Mullin, todos ellos bajos las órdenes de un mito de los banquillos como Bobby Night, me hizo pensar en que el baloncesto español había tocado techo. 


Para un tipo de altura media como yo, con más cintura de Gepetto brother (¡siempre grande Montes!) que otra cosa, que pasaba las horas botando el balón en el patio de un colegio –bueno puedo presumir de haber jugado en un pabellón, lujazo para aquella época- y que la única imagen de la NBA que retenía en mi memoria era la del vuelo estratosférico de Julius Erving, alias Doctor J, esa final era el no va más. Entonces no había You Tube, webs, ni se veían partidos de la NBA, sólo había visto volar a Doctor J y elevaba a la categoría de mito a los Sixers (luego me hice de los Celtics...) por unas imágenes grabadas en Súper 8. Entre 1984 y 2011 han pasado muchas cosas, pero el balón no ha dejado de botar. 


De aquella final de Los Ángeles a la del Europeo de Lituania la diferencia que existe entre los jugadores es el supertalento de una generación legendaria. Gasol –Pau y Marc-, Navarro, Calderón, Rudy, Reyes y toda esa plantilla que nos deleita ahora han heredado el mismo espíritu de equipo de aquellas generaciones que trataban de llevar al baloncesto español a lo más alto durante décadas. No sé si en los Juegos Olímpicos de Londres de 2012 se cerrará el ciclo de un equipo capaz de convertir lo extraordinario en rutinario, que nació en el Mundial Junior de Lisboa de 1999. Pero estoy seguro de que la vida siempre es mejor con…!ba-lon-ces-to!

lunes, 12 de septiembre de 2011

Las memorias del futuro


Nouriel Roubini, el gurú económico norteamericano de origen turco que predijo la Gran Recesión –sin que le hicieran mucho caso, al menos por estos lares–, no puede ser más claro sobre lo que se nos viene encima. “España está al borde del precipicio y con los pies colgando”, sostenía recientemente en una entrevista publicada en el diario ABC. Todavía no me he recuperado de sus palabras y de su diagnóstico de la economía mundial. Y lo que es peor, cuando me levanto a diario y repaso los titulares de las primeras planas de los periódicos no encuentro ni un sólo motivo para no pensar más que en un sálvese quien pueda. Por la falta de confianza que generamos en los mercados internacionales, con una economía estancada sin atisbos de crecimiento y un paro descomunal estoy por encomendarme al primer santo que se cruce por mi camino para que, al menos, me deje como estoy. Hace cuatro años hubo elecciones generales y desde entonces poco se ha avanzado.

 De hecho, tras las elecciones se hicieron más profundas las heridas en la economía española porque en lugar de actuar, los comicios sólo sirvieron para prolongar una profunda crisis económica. Ahora estamos más cerca de Grecia que de Alemania, porque las medidas se han tomado a destiempo y porque, una vez más, los intereses partidistas han prevalecido sobre las necesidades reales de un país que juega en el borde del abismo. Y la pregunta es muy sencilla: ¿Cómo se puede mantener un Estado del Bienestar si no hay ingresos suficientes para ello? Ahora que los diputados y senadores se han atrevido a mostrar lo que hay en su colada, en eso que llaman ejercicio de transparencia, tampoco estaría mal que en aras a la responsabilidad actúen con sentido de Estado.

Nadie discute que sus señorías tengan un sueldo digno, que estén bien pagados o que tengan dos casas, una moto y una deuda hipotecaria, pero tampoco es discutible que se les exija algo más que criterios partidistas y cálculos electorales para salir de este atolladero. No niego que tenga su morbo descubrir que Elena Salgado posea un apartamento en los Alpes o que Zapatero disponga de una parcela en León, pero puestos a sincerarse tiene más interés un buen libro de memorias de los políticos y estadistas que han partido el bacalao en los momentos más difíciles que airear su patrimonio. Pero aquí es cuestión de tiempo y habrá que esperar algún tiempo para leer las memorias de Angela Merkel... Por ahora hay que conformarse con las memorias de María San Gil, Tony Blair o George Bush, por ejemplo.

Como declaración de intenciones reconozco que si España no termina como Grecia, me gustaría leer dentro de unos años las memorias del político capaz de meter mano al modelo territorial español, al sistema financiero y al mercado laboral. Tal vez algún día lleguen esas memorias a mis manos. Será el síntoma de que España ha dejado de estar con los pies colgando al borde del precipicio a verlas venir. Si no es así, puede que el país haya petao, incapaz de pagar salarios y pensiones como puede suceder en octubre en Grecia. Y también puede ser que para ese futuro a medio plazo las prioridades sean otras y que ya no me dé ni para comprar un libro de memorias, de poemas o de lo que sea.