sábado, 16 de agosto de 2014

Medallas, ‘angolazos’ y balones por el aro

Selección española de baloncesto que en los JJOO de Los Ángeles 84 ganó la medalla de plata


La costumbre un tanto dichosa de recordar las efemérides ejercita la memoria hasta extremos insospechados. Claro, que un ejercicio mental de este calibre tiene sus cosas buenas y otras, no tan buenas. El asunto es que hace tres décadas el baloncesto español se doctoró en el mejor lugar del mundo para hacerlo: Estados Unidos. Al fin y al cabo el baloncesto en mayúsculas, el olimpo del deporte de la canasta y El Dorado de cualquier jugador que se precie está en alguna de las franquicias de la NBA. Pues sí. Fue allí, en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984 donde el equipo español consiguió la medalla de plata ante la selección norteamericana. Tres décadas han pasado desde aquella feliz e inolvidable final por la que muchos trasnochamos debido a la diferencia horaria (recuerdo que la presencié en la cafetería Breogán, en Ribadeo. Unos con cafés, otros con copas). ¡Qué noche la de aquél día!

Para ponernos en situación conviene aclarar que no existía más que una cadena de televisión, que las retransmisiones en directo desde el otro lado del Atlántico tenían su charme particular o que los pantaloncitos que lucían los Corbalán, Epi, Martín, Arcega, Jiménez… eran ridículos hasta decir basta (el paso del tiempo ha sido implacable con esta moda). El baloncesto y sus normas eran distintas.  Por ejemplo, ni siquiera existía la canasta de tres puntos (Matraco Margall se habría salido), había dos tiempos de veinte minutos, se lanzaba el balón al aire para dirimir las luchas (¡¡Por Dios, a qué espera la FIBA para recuperar esta norma!!! ), las posesiones duraban treinta segundos, hablar de rotaciones de jugadores sonaba a chino y, si no recuerdo mal, colgarse del aro se sancionaba con técnica. En cuanto al rival, basta con decir que los USA contaban entre sus filas con un jovencito deslumbrante, un tal Jordan…

Desde hace tres décadas hablar de medalla de plata, Fórum de Inglewood o Michael Jordan son conceptos que forman parte del imaginario colectivo de varias generaciones. Son felices bocados delicatessen para los aficionados al baloncesto. Sin embargo, tras esa medalla que nos abrió la puerta del cielo, con el baloncesto en pleno auge en una sociedad dominada por el omnipresente fútbol, lo que el futuro deparó al equipo nacional fueron sinsabores, decepciones y una la traca final de infausto recuerdo: el archifamoso angolazo en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Cada vez que España y Angola se enfrentan, como hace unos días en un partido de la Ruta Ñ2014 celebrado en La Coruña, me sube el colesterol al recordar la derrota más dolorosa de un equipo que tocó la gloria en Los Ángeles y que ocho años después se dio un batacazo de no te menees.

Gasol rebotea frente a Angola en el reciente partido de la Ruta Ñ2014
Gasol rebotea frente a Angola en el reciente partido de la Ruta Ñ2014. A.Nevado / FEB

La ley de Murphy…

La digestión del éxito siempre es difícil. Ahí está el valor de las grandes figuras del deporte. Se dice, y es una verdad como un templo, que más difícil que llegar es mantenerse. Eso fue lo que le sucedió a la selección que se colgó la medalla en Los Ángeles y que demostró que se podía ganar a potencias del deporte de la canasta como Yugoslavía (¡¡Qué antológica semifinal en Los Ángeles!!) o Rusia. Durante las competiciones siguientes a este equipo se le encogió el brazo. Es una sensación que conocen muy bien los tenistas. Cuando no se controla el miedo a perder lo único que puede pasar es perder, más por los fallos propios que por los aciertos del rival.  En 1986, en el Mundobasket celebrado en España, la  descafeinada victoria ante la Canadá de Greg Wiltjer nos dejó en quinto lugar, tras caer en cuarto con la selección brasileña liderada por esa máquina llamada Oscar Schmidt. En los Juegos de Seúl 88, los triples de Australia apearon a la selección de Díaz-Miguel en cuartos de final y en el Mundial de Argentina 90 seguimos sin levantar cabeza con un anodino décimo puesto, incapaces de superar la primera fase.

Y con esas malas sensaciones la máxima murphyniana de que cuando algo va mal acaba peor se cumplió en Barcelona 92. Allí comenzó el punto de inflexión del baloncesto español, que en 1999 rebrotó con una generación inimaginable de talento y esfuerzo liderada por Gasol, Navarro, Gabriel, López, etc…


Una entrevista navideña… en noviembre

Y llegados a este punto es el momento de hablar de Antonio Díaz-Miguel, el factotum del deporte de la canasta en España durante décadas. Hasta que Angola, en cuarenta minutos nos sacó los colores como nadie lo había hecho. Nos hicieron añicos. Los angoleños finiquitaron la etapa del seleccionador que renovó y modernizó el baloncesto español. Díaz-Miguel fue probablemente el único español convencido de que algún día la selección podría derrotar a los Estados Unidos, lo que ocurrió en el Mundial de Cali. Esa misma cabezonería, capitalizando en exceso el éxito de Los Ángeles, también le llevó a salir de una manera amarga de la selección. El baloncesto español le debe mucho, pero al final los resultados son los que deciden. El hombre que convenció a los jugadores que ganar a la todopoderosa Estados Unidos era posible fue presa de su protagonismo. Y lo evidente era que desde la plata de Los Ángeles al angolazo la selección dejó de carburar, el balón dejó de entrar por el aro y el ambiente se había enrarecido. Las críticas hacia Díaz-Miguel arreciaban, pero no daba su brazo a torcer y la prensa deportiva se cebó con él. Ni siquiera tras esa bochornosa derrota con Angola se planteó la posibilidad de dimitir. Cuestión de orgullo. Sin embargo, con el paso del tiempo, pese a esas sombras, sigo acordándome de él y de esos jugadores del 84 cada vez que el baloncesto español logra una medalla.




Fue Diaz-Miguel la primera persona que me mostró unas imágenes de la NBA. Acababa de empezar a jugar al minibasket. Un día apareció por el colegio con un proyector y una colección de películas (entonces no había vídeos ni teléfonos móviles ni tablets, como mucho el CineExin, aclaro) . Nunca había visto una imagen en movimiento de la NBA, algo que entonces consideraba más propio de una galaxia muy lejana que de mi vida en el barrio de Prosperidad. Nombraba a los Philadelphia 76ers, Celtics, Lakers... Mostró las primeras imágenes que vi de los jugadores de la NBA on fire (¡ése canastón de Julius Erving volando por debajo del aro!!) También habló de sus famosas reglas de juego (no perder balones, anotar las primeras canastas de cada periodo… bla,bla,bla) y fue la primera vez que oí los nombres de Bobby Knight, John Wooden o Lou Carneseca, mitos entre los mitos de los entrenadores, que como Díaz-Miguel ocupan un lugar destacado en el Hall of Fame.

Por esas cosas de la vida, unos años después tuve la oportunidad de entrevistarle cuando trabajaba en una agencia de noticias. Creo que se había vuelto a casar. Su aire de celebrity y su pasión por la moda le convertían en un personaje popular. La entrevista era para un reportaje navideño (de esos que por si no lo saben se preparan en noviembre), que salió publicado en la revista Lecturas y para el que posó vestido de smokin (lo puso él, nosotros el cava) y su mujer con un vestido de noche. Acompañado por un fotógrafo me presenté en su casa, de claro estilo american way of life, con un árbol navideño, las correspondientes bolas de colores y las guirnaldas. Era noviembre de 1991, faltaban unos meses para el angolazo. La entrevista la solventamos por la vía rápida, con esa serie de preguntas profundas, de esas que se estilan para las revistas del cuore. No tardamos en hablar de baloncesto, que fue la verdadera razón que me llevó hasta allí. Así que la visita se prolongó mucho más de lo previsto. Eludía hablar de las voces críticas que reclamaban un relevo al frente de la selección nacional y confiaba en los JJOO de Barcelona. Su vivienda era la historia viva del baloncesto. Me enseñó apuntes, medallas, fotos, balones y material deportivo con más solera que un gran reserva… casi nada. Siempre recordaré con agrado esa entrevista, que empezó con preguntas chorras sobre sus planes para el Año Nuevo y que acabó con un master personalizado de basket.

‘Arigato’

Los hechos son los que son, y cuanto más se tarda en aceptarlos es peor. La selección no funcionaba y el final fue el más desagrabable posible para alguien que tanto había hecho por el baloncesto español. El primer síntoma de recuperación llegó en 1999, con los juniors de oro. Tuve que esperar muchos años para volver a sentir la misma emoción del verano de 1984. Fue en 2006 cuando en Japón, una generación descarada, talentosa y genial como ninguna volvió a emocionarrme como en 1984. En esa ocasión, la final del Mundial ante Grecia la vi en Ibiza (en la habitación de un hotel). Ese día logré quitarme un enorme peso de encima, el que me perseguía desde el angolazo. Vale, no saquemos las cosas de sitio, pero el baloncesto es un deporte que me apasiona, con el que he mantenido una estrecha y duradera relación de fidelidad. Ese día de septiembre tuve claro que se trataba de una generación única y que durante los años siguientes nos iba a dar muchas alegrías. Ese día recordé que se aprende de los errores. Ese día me reafirmé en la creencia de que el esfuerzo tiene su recompensa y que siempre hay que salir a competir. Y ese día me enseñó que cuando unos amigos dotados con un don especial para meter el balón por el aro, que se reúnen en vacaciones para jugar al baloncesto, “la vida puede ser maravillosa”.   
 
Foto oficial de la selección española 2014. A. Nevado / FEB


P.D. Este equipo luchará dentro de unos días por llegar a lo más alto posible en el Mundial que se celebra en España. Su fin de ciclo está cerca (cuestión de edad), pero disfrutemos con ellos, de su juego, con sus victorias y sus derrotas. Un consejo: relájense y a disfrutar.


sábado, 23 de noviembre de 2013

El autobús de los campeones

Iniesta golpea el balón en la final del Mundial de Sudáfrica


Esta semana me lo han preguntado tres veces. Ha sido en situaciones distintas, en conversaciones intrascendentes y con gente diversa. Me ha sorprendido, lo admito. Por ello, para que no me lo pregunten más voy a hacer de tripas corazón en este blog y confieso que estaba en un autobús. No lo vi en directo, me perdí la cita con la historia del fútbol español.

¿Dónde estabas cuando España ganó el Mundial? Es la cuestión de la semana, la que me ha obligado a hacer un esfuerzo de memoria pero sin tener que recurrir a la ayudita extra de una pastilla de Dememori. Todo venía a cuento del bolo que la selección española de fútbol disputó recientemente en el Soccer City de Johannesburgo, donde el 11 de julio de 2010 ganamos (sí, en plural) el primer Mundial. Nada como una efeméride o la vuelta al lugar de los hechos para poner a prueba la capacidad de la memoria colectiva. Y no se crean que es fácil porque uno preferiría esforzar la memoria para recordar el futuro más que para escudriñar en el pasado. Claro que lo primero es imposible para un ser humano y lo otro es de obligado cumplimiento, siempre y cuando las neuronas estén en su sitio y se posea una capacidad de memoria de nivel medio.

Así que no pude ver más que los primeros minutos del partido frente a Holanda en el televisor. Los himnos, el saque y el primer tanteo entre los equipos. Poco más. Me esperaba el asiento de un bus. Esa noche viajaba en un ALSA de Ribadeo a Madrid, unas diez horas de viaje en travesía nocturna desde el norte de España. Fue curioso este viaje. Ahora es cuando más lamento no haber hecho ninguna foto del interior de ese autobús en el que, cómo no, todos los viajeros teníamos las orejas puestas en Sudáfrica. Dos mujeres que iban sentadas en la parte trasera lucían la camiseta española y la radio nos hacía de las suyas para seguir el partido por las dificultades orográficas, supongo yo.

La cosa es que entre montañas y valles, por la N-640 había momentos en los que sintonizar la radio era una misión imposible. Tras pasar A Pontenova el partido llegaba a su fin. Creo que era la prórroga cuando en medio de las curvas que dibujan esa carretera Iniesta marcó el histórico gol. Poco después finalizaba el partido y en el autobús lo celebramos como si nos conociéramos de toda vida, como si fuerámos de una peña de colegas en un viaje de fin de curso. Pero no nos conocíamos de nada. Y allí estábamos, tan felices.

Unos kilómetros después el autobús llegó a Meira, donde todo el pueblo se había echado a la calle para celebrar el triunfo de España en el Mundial de Sudáfrica. Los pitidos de satisfacción del conductor se mezclaban con los gritos eufóricos de la gente, que coreaba sin cesar las proclamas futboleras (de rimas fáciles pero efectivas) mientras los fuegos artificiales dibujaban figuras en el cielo y los petardos rebasaban los niveles tolerables de ruido. En Lugo la escena, probablemente con más grados de alcohol en el cuerpo de la gente, la escena de felicidad colectiva se repitió. Hasta tal punto que el autobús tardó lo suyo en llegar a la estación de autobuses e incluso tuvo que variar el trayecto. ¿Pero saben qué les digo? A nadie dentro de ese bus le importó un carajo el retraso ni circular por Lugo a velocidad de caracol. En medio del fiestorro en las calles nos sentíamos como campeones. Sólo por una noche, por unas horas, pero campeones al fin y al cabo.

Para una generación como la mía, que creció con héroes solitarios del deporte hechos a sí mismo y con el convencimiento de que un equipo español nunca iba a superar a las grandes potencias esa noche de julio de 2010 fue especial. Una final del Mundial y frente a Holanda. Casi nada. Siempre me atrajo el fútbol holandés en sus selecciones. Será que la primera imagen futbolera que tengo es la de la final del Mundial de Alemania. Tenía ocho años pero todavía recuerdo la impresión que me causaron Holanda y Alemania. Podría recitar los nombres de más de una docena de jugadores de ambos equipos (Cruyff, Neeskens, Jongblond, Maier, Breitner, Muller, Beckenbauer…). Y mira por donde ahora desconozco a muchos de los que lleva Del Bosque… Claro, que los niños ven las cosas de otra manera. Aquello era el fútbol total. Probablemente no existe mejor expresión para calificar la apuesta futbolística de los holandeses, aunque los alemanes fiels a su eterna eficacia se llevaron el título. Reconozco que en aquel 1974 me apenó la derrota de los orange en el estadio olímpico de Munich aunque tuve conciencia por primera vez de haber visto algo grande en la tele.


Mientras iba recostado en el asiento del bus, feliz por el triunfo español y deseando ver el golazo de Iniesta también volví la mirada a mi infancia.  Recordé aquella final del 74 y que con ocho años lo que más ilusión me hacía era bajar al descampado que había al lado de casa a darle unas patadas al balón mientras me imaginaba que era uno de los elegidos que disputaba la final del Munich. La noche del 11 de julio de 2010 volví al descampado. Fue en sueños y recostado en un asiento de autobús. Moló ese viaje.

domingo, 13 de octubre de 2013

El último Lampedusa

José Durao Barroso y Enrico Letta junto a los féretros de la tragedia de Lampedusa
www.goberno.it

La indignidad viaja por el Mediterráneo desde hace tiempo. Esa indignidad parecía clandestina, muchos disimulaban para no verla pero ya es un hiriente secreto a voces. Llega la hora de poner fin a esas tragedias que acaban con la vida de decenas de personas que simplemente buscan una vida mejor. La reciente tragedia de Lampedusa del pasado 3 de octubre, donde más de trescientas personas perdieron la vida al hundirse el barco en el que viajaban, ha servido al menos para despertar las conciencias de una vez. El problema de la emigración ilegal y de las mafias que se enriquecen de aquellos que buscan el sueño europeo necesita una solución de manera inmediata.

La Unión Europea no puede seguir mirando hacia otro lado. Los muertos de Lampedusa, o los que sobreviven a duras penas, son los mismos que llegan a las costas de la isla italiana, Almería, Cádiz o las Islas Canarias. Nos hemos acostumbrado a que las noticias sobre inmigrantes que viajan en pateras o en barcos piratas sean una rutina. Casi ni prestamos atención a esas noticias. Leemos esas historias en los diarios o vemos las imágenes en los telediarios, pero ni nos inmutamos. No nos paramos a pensar en la enorme dimensión que esconde ese viaje hacia el escaparate de la Europa del bienestar y que tantas veces se deja a centenares de viajeros anónimos ahogados en el mar.

Por eso tras la tragedia de Lampedusa algo debe cambiar. La triste imagen de las filas de féretros, más de 200 ataúdes en un hangar, dio la vuelta al mundo. Ha puesto de manifiesto algo que el Papa Francisco ha resumido en tres palabras: “Es una vergüenza”. No ha sido el único. Las caras del presidente de la Unión Europea, José Manuel Durao Barroso, y del primer ministro italiano, Enrico Letta, eran un poema. No es lo mismo vivir una tragedia así desde sus confortables despachos, que ver los cadáveres o comprobar in situ, forzados por la presión de muchos vecinos de Lampedusa, las condiciones de vida en un centro de refugiados con capacidad para 300 personas, pero donde conviven más de 1.000 seres humanos. Ahora toca actuar. No hay excusa.

La necesidad de tomar medias urgentes desde Bruselas se corroboró en menos de una semana desde la tragedia del 3 de octubre. Mientras no se actué de manera efectiva, después de un Lampedusa habrá otro. Y así fue, en esta ocasión en aguas de Malta. El pasado viernes, cincuenta inmigrantes fallecían al hundirse otro barco con 250 personas a bordo. Por eso la Unión Europea tiene que buscar cuanto antes una solución para frenar la inmigración clandestina que está convirtiendo el Mar Mediterráneo en un cementerio.

A finales de mes se celebra una nuevo Consejo Europeo y en el orden del día estará un asunto tan espinoso como la emigración clandestina. Europa tiene la enorme responsabilidad de encontrar una solución que acabe con las mafias que se lucran sin miramientos de seres humanos. No es fácil y como punto de partida la solución pasa por los países de origen de los inmigrantes, donde carecen de las condiciones de vida necesaria para vivir. Por eso el reto para la Unión Europea es de gran envergadura. Lo que parece claro es que España o Italia no pueden abordar en solitario este problema y desde esa burocrática maquinaria europea debe encontrarse una respuesta. La misma Unión Europea que prohíbe los cigarrillos con sabores, los biberones con plástico policarbonato o que sanciona con dureza por no garantizar el bienestar animal durante el transporte jamás puede olvidarse de las personas.


Ese es el reto que tiene por delante el presidente de la Unión Europea, José Manuel Durao Barroso, el que impresionado ante la magnitud de la tragedia de Lampedusa afirmaba en esa isla que  “la Unión Europea no puede mirar hacia otro lado". Ahora tiene la oportunidad de implicar a Europa. Ojalá llegue el día en el que tragedias como la de Lampedusa no se vuelvan a repetir. Ojalá que el medio centenar de fallecidos en aguas de Malta sean los últimos de esa lista negra que lleva el título de La odisea de la inmigración clandestina. Por ahora, nadie puede garantizar que haya más lampedusas, pero confío, espero y deseo en que los que tienen en su mano buscar soluciones no olviden que Lampedusa y la costa española a la que tratan de arribar pateras cargadas de inmigrantes forman parte de Europa.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Conciencias agujereadas



 
De Guindos, Sáenz de Santamaría y Montoro en rueda de prensa en La Moncloa
Foto: www.lamoncloa.es

Es más fácil estirar las conciencias, que dan mucho de sí, que los bolsillos llenos de agujeros por donde se caen los euros sin cesar. Al menos esa es la conclusión que saco después de ver a los capos de la política económica del Gobierno en la rueda de prensa de los viernes en La Moncloa. Son las previsiones conservadoras de brotes verdes del nuevo cuadro macroeconómico del país, que se resumen en esa frase lapidaria que Rajoy no ha dejado de repetir durante su reciente viaje a Estados Unidos: “España ha salido de la recesión pero no de la crisis”. Fin de la cita.


Hoy el optimismo del Gobierno viene de los datos de la macroeconomía, tan alejados de los bolsillos de los ciudadanos como el mecanismo que sirve para regular el precio de la factura de la luz pero que siempre acaba igual: a pagar más

Técnicamente es cierto que hemos salido de la recesión. Por los pelos, pero hemos salido. También es cierto es que hay datos positivos. Ya no se habla de rescates, primas de riesgo y hasta la los hombres de negro de la troika destacan los esfuerzos del Gobierno por la recuperación económica. Sin embargo esas certezas al ciudadano le dan lo mismo porque sus bolsillos están más rotos que su moral. Mientras los sueldos se han reducido los precios suben. Presten atención al carro de la compra… Si en agosto una botella de leche semidesnatada de marca blanca de un conocido supermercado costaba 0,53€ en septiembre había subido tres céntimos. Y así con más productos. 

De esto es de lo que se entiende en los hogares, donde la economía familiar para llegar a fin de mes está alejada de esas magnitudes macroeconómicas que permiten al Gobierno esbozar medias sonrisas que sorprenderán al mundo (Montoro dixit). La crisis, las medidas de austeridad y las inevitables reformas han menguado la próspera clase media española, ésa misma que generaba millones de empleos a través de pymes y autónomos. Y mientras la clase media se desinfla, los ricos son más ricos y los pobres, más pobres.


Sin embargo, el Gobierno estira la conciencia como un chicle, pero sin perder de vista las elecciones generales. Tras las vacaciones, Mariano Rajoy y todo su equipo se ha puesto manos a la obra para vender optimismo y confianza pese a que seguimos haciendo equilibrios en la cuerda floja de la economía. Rajoy y los suyos han puesto una marcha más con el objetivo de hablar de su libro y minimizar como sea el efecto del caso Bárcenas. Son los dos grandes frentes abiertos del PP, donde cada vez hay más voces que reconocen el daño que el extesorero del PP les está haciendo. No les gusta hablar del asunto. Se nota. Su psicosis da lugar a situaciones tan grotescas como esa llamada de teléfono de La Moncloa para pedir a la cadena de televisión norteamericana Bloomberg que cortara una parte de la reciente entrevista con Rajoy. Se le preguntaba por Bárcenas y por una presunta financiación irregular… Así estamos. Los partidos políticos en España (y más si están en el poder) tienden a usar el periodismo como propaganda. El discurso es el suyo, las preguntas también. Lo malo es que no siempre la verdad coincide con el discurso oficial.


Mentiras y verdades aparte, si hay algo incuestionable son los datos macroeconómicos. Si hace unos meses estábamos con el agua al cuello en un profundo pozo, hoy podemos  respirar un poco mejor. Sólo un poco. Hay dos indicadores que a la hora de andar por casa son los que revelan el estado de forma de la economía. Se trata de la PIB y el paro. De ambos se habló en abril de este mismo año en la rueda de prensa de La Moncloa. Aquella comparecencia de Soraya Sáenz de Santamaría, Luis de Guindos y Cristóbal Montoro fue un tierra trágame en toda regla ante los negros nubarrones que acechaban a la economía española. Aquel viernes de abril se cumplió ley de Murphy: si algo puede ir mal irá a peor. ¿Qué ha cambiado de abril a septiembre? Pocas cosas. Es cuestión de décimas a favor.


En abril se calculaba un crecimiento del PIB de 0,5 y en septiembre la previsión para 2014 es del 0,7. Y en cuanto a la tasa de paro para el año que viene, en abril se situaba en 26,7 mientras que en septiembre se estima que será de un 25,9 (ocho décimas). En otras palabras puede que esto mejore, será muy lento y más del 25% de la población estará desempleada en 2014. Son los datos. Analícenlos, saquen sus conclusiones y estiren sus bolsillos… o sus conciencias.

sábado, 14 de septiembre de 2013

"Artur, hay una cosa que te quiero decir"

Foto: www.lamoncloa.gob.es


Seguro que ustedes me comprenderán. No tengo otra cosa que hacer en todo el día, ni problemas que resolver… por eso vivo en ascuas a la espera de la carta que Mariano Rajoy le remitirá en las próximas horas a Artur Mas, presidente de la Generalitat de Catalunya. Es la respuesta a la misiva que el líder catalán envió en julio para pedirle la celebración de una consulta al pueblo catalán. Supongo que Rajoy le dará calabazas a Mas y le dirá en su carta de respuesta que dentro de la Constitución española no se contempla el derecho de autodeterminación ni las consultas soberanistas. Eso sí, diálogo todo el que quiera. ¿Pero eso es suficiente a estas alturas para llegar a un principio de acuerdo que garantice la convivencia entre España y Cataluña sin fracturas?



Unos días después de la cadena humana de la Diada más independentista, Rajoy opta por el género epistolar para responder a Mas. Quien sabe si encabezará la misiva con “Mira Artur, hay una cosa que te quiero decir”. Rajoy no lo hará en rueda de prensa, ni en un canutazo con periodistas, ni en un acto de partido con palmeros, ni en Twitter, ni en un plató lacrimógeno de televisión donde alguien les junte por sorpresa para limar asperezas… Lo hará por carta, como las de toda la vida y como la que Mas le remitió. Pero mucho me temo que esa respuesta de cajón para los independentistas catalanes –incluido el Govern de Mas– no es suficiente tras su demostración de fuerza de la Diada del 11 de septiembre con una cadena humana de más de 400 kilómetros.



La realidad es que el problema catalán está ahí, la solución es complicada y a estas alturas tampoco valen las vendas en los ojos. Y ese problema es que en Cataluña hay muchos catalanes que no se sienten españoles y solo quieren ser catalanes. Cierto. Pero tampoco se puede ignorar que también hay muchos catalanes que quieren seguir siendo catalanes y españoles. Incluso habrá alguno que sólo se sienta español… Si se preguntara al resto de España, intuyo que la inmensa mayoría no entendería una España sin Cataluña (incluso habría alguno que sí).



Sin embargo, Artur Mas mantiene su hoja de ruta, referéndum incluido para el año que viene. Le salen las cuentas en esta huida hacia adelante como si el independentismo fuera el bálsamo de fierabrás que todo lo cura. Antes de conocer la respuesta de Rajoy, el líder catalán anuncia que buscará “una respuesta unitaria” en el Parlament, lo que revela que Mas sigue entregado a los intereses independentistas de ERC en una carrera que parece que ha llegado ya a un punto de no retorno. Así que me pregunto: ¿Alguien se ha parado a pensar en Cataluña que la misma división de sentimientos que invade a la sociedad catalana cala en los partidos catalanes, incluidos CiU o el propio PSC? En otras palabras, en Cataluña existe una fragmentación política y social al mismo tiempo que hay un proceso soberanista sin parangón. El separatismo es más fuerte, más visible. ¿Pero es suficiente para que los que apuestan por esa vía salgan algún día a la calle con la estelada para festejar su independencia?



Mientras tanto, para no alimentar las tensiones nacionalistas en plena efervescencia festiva de estelada frente a la senyera, el Gobierno de Rajoy ha optado por la prudencia estos días. La respuesta oficial de La Moncloa, a través de la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, es que también hay “una mayoría silenciosa” mientras Rajoy calla hasta que rompa su silencio por vía postal. Por escrito, certificado y con acuse de recibo.



La utilización del concepto de “mayoría silenciosa” llama la atención. Probablemente tenga razón Soraya, aunque a la hora de jugar a la interpretación de cifras y aludir a las mayorías silenciosas conviene andar con pies de plomo. En otras palabras, eso que se denominan mayorías silenciosas siempre se puede utilizar a favor de los intereses que uno quiera. De hecho, el concepto de mayoría silenciosa fue el que usó en 1969 el presidente Richard Nixon para justificar sus actuaciones en Vietnam frente a los que se oponían a la guerra. Todos sabemos como acabó la guerra de Vietnam para los norteamericanos. Y como acabó Nixon…



La transición democrática española sirvió en su momento para aplacar los deseos independentistas con la creación del Estado de las Autonomías pero mucho me temo que más de treinta años después de aquel café para todos conciliar deseos tan contradictorios no va a ser fácil. Entre otras cosas porque visto lo visto dudo mucho que un cambio constitucional o la implantación de un modelo federal sea suficiente para aplacar el órdago que el independentismo ha puesto sobre la mesa apoyado desde la propia Generalitat.Tal vez la solución pase por buscar vías alternativas. ¿Las hay? ¿Estarán dispuestos a buscarlas?

sábado, 7 de septiembre de 2013

Camisetas ‘viejunas’, camisetas de oro




Foto: www.realmadrid.com


Dicen que el oro es un valor seguro. No lo dudo. En tiempos de turbulencias, como los que vivimos, basta con darse una vuelta por cualquier barrio para ver cómo proliferan los ‘compro-oro’. Sin embargo, el oro no es el valor de referencia en el mundo del fútbol aunque el precio que se paga por algunos jugadores equivalga a varios lingotes de ese preciado metal. En la galaxia del balompié, tan desorbitante como apasionante, el valor de los clubes no se mide en oro, sino en camisetas. Desde hace años una de las mejores referencias para valorar el éxito de un club son los ingresos que genera la venta de camisetas oficiales con el nombre del astro de turno serigrafiado a la espalda. Así, las dos vedettes superpoderosas de la liga española –Real Madrid y Barça– están a años luz del resto de clubes y pugnan por los grandes jugadores al precio que sea.

Esta misma semana el equipo de Florentino Pérez hacía oficial el fichaje del galés Gareth Bale por 91 millones de euros. Era la respuesta en los despachos a su máximo rival, el Barcelona, que fichó al brasileño Neymar, un jugador que a día de hoy con 21 años es una máquina de hacer dinero como reclamo publicitario.

La estimación oficial del Real Madrid, según leo en la prensa deportiva, es que Bale venderá 40.000 camisetas por temporada. Eso supone más de medio millón de euros en beneficios al club. Si cada camiseta que lucirán sus followers cuesta 90 euros, hagan ustedes mismos el cálculo… En el caso de Neymar, que costó 57 millones de euros al Barça, su imagen es un reclamo publicitario que sólo en 2012, antes de enfundarse la camiseta blaugrana y besar el escudo culé, llevó a su particular empresa a ingresar 22,5 millones de euros.  

Con estas mareantes cifras sobre la mesa es lógico, y hasta necesario, que nos preguntemos si es oportuno pagar esas millonadas por jugadores de fútbol. El mercado es libre, a fin de cuentas, y tiene sus propias reglas. Comparto con muchos que es una barbaridad y algo obsceno soltar esas cantidades por tipos que pegan patadas a un balón y que en la mayoría de los casos generan más emoción que títulos. Sin embargo, el deporte profesional no es sólo espectáculo, sino una industria más sobre la que giran intereses creados y que genera pingües beneficios, en especial a los más poderosos. Pero a diferencia de otras actividades empresariales, el deporte profesional tiene sentimientos, que comparten miles de aficionados hacia los colores de su equipo. Por eso detrás de cada camiseta que se vende en cualquier lugar también hay una ilusión, la de todos y cada uno de aquellos que se enfundan la de su ídolo…

En su momento también me puse camisetas, en concreto de baloncesto, deporte que practiqué durante años y con el que comparto fidelidad mutua. No había mucha variedad ni diseños modernos, pero eran camisetas de tirantes que servían para identificar a los equipos. Teníamos sólo una para toda la temporada y el problema venía cuando jugábamos con rivales que usaban elásticas del mismo color. Normalmente el equipo visitante le daba la vuelta a la suya o si se le había ocurrido meter en la bolsa otra camiseta de su padre o de su madre se la ponía para jugar con el beneplácito del árbitro. Con esparadrapo o lo que fuera nos pegábamos los números… y a jugar. En aquellos maravillosos años nunca imaginé que una camiseta iba a tener tanto valor en el mundo actual, el del deporte profesional, ni que llegarían a alimentar las arcas de los clubes como productos oficiales con fichajes millonarios. Dichosa inocencia infantil…

Durante  casi toda mi etapa escolar (desde 5º de EGB) jugué al baloncesto en los equipos del colegio y pasé por distintas categorías. Sin embargo, no conservo ninguna camiseta de aquella etapa. Ahora solo me queda recordar aquellas viejunas camisetas de tirantes con los números casi borrados e incluso descosidos (según el modelo, claro…) que sudé en tantos patios de colegio de Madrid y de otros sitios. Las camisetas nos las entregaban con acuse de recibo al principio de cada temporada. Una vez acabada la temporada, tras numerosas visitas a la lavadora, las devolvíamos para que el año siguiente las usaran otros. Cada año por estas mismas fechas deseaba que llegara el día en el que nos entregaban las camisetas usadas por los mayores para arrancar otra temporada. Hoy recuerdo esa especial ilusión que sentía al ponérmela. Y esa ilusión sí que tenía más valor que el oro.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Esos lugares comunes...



Foto: www.juntadeandalucia.es


Hace tiempo que la opinión pública ya no guarda en el trastero el conformismo. Las redes sociales y la capacidad de interactuar, más allá de una carta al director o una pataleta, propicia que la sociedad reclame más a la clase política. Una de esas exigencias que los ciudadanos demandan es algo tan sencillo como que los políticos cumplan con sus compromisos. Aunque a la hora de la verdad es casi una misión imposible.



La cuestión es que los partidos concurren a las elecciones con programas electorales que se cumplen o no. Y no pasa nada. Si no se cumple se fabrica una excusa políticamente correcta. Y exactamente igual sucede con primeros espadas de la política que ocupan puestos de relevancia. Cuando les interesa se les olvida que han sido elegidos por los votantes. Nos hemos acostumbrado a que algunos importantes mandatarios abandonen sus cargos cuando se les antoja pese a que durante las campañas electorales pidan el voto con una frase tan tópica como “el mío es un compromiso con los ciudadanos”. Y no pasa nada. Si es oportuno, sin cortarse lo más mínimo, se incumple el compromiso de permanencia que firmaron con los votantes. Vale cualquier excusa para cambiar de aires, aunque con las espaldas cubiertas. No albergo duda alguna de que es legítimo, pero de cara a la opinión pública si hay algo que reprochar es el ventajismo político que se aplica en función del viento que sopla.



Los lugares comunes pueblan los discursos y las intervenciones de la mayoría de los representantes de la voluntad popular. Es curioso comprobar cómo se hacen maravillosas declaraciones de intenciones que luego se quedan en agua de borrajas. Claro que los políticos tienen la oportunidad de tirar de ese ventajismo político a las primeras de cambio para actuar siempre en función de sus intereses.



Esta reflexión viene a cuento del discurso de investidura de Susana Díaz como presidenta de la Junta de Andalucía. José Antonio Griñán es el último de la lista de políticos de alto vuelo que abandonan su cargo antes de acabar el partido. Media legislatura y se va, no sin antes preparar el camino de la sucesión y garantizarse un puesto de senador. Y reitero que es legítimo abandonar un alto cargo político. Siempre puede encontrarse una razón para tirar la toalla aunque es criticable que se olvide con tanta ligereza ese contrato que firmaron con los ciudadanos al pedirle el voto para ser presidente de su Comunidad.

Foto: www.juntadeandalucía.es


El nombre de Griñán, que en su momento sustituyó a Manuel Chaves, es el último que une al de otros ilustres escapados recientes de la política española como Alberto Ruiz Gallardón, que dejó la Alcaldía de Madrid para ser ministro, o Esperanza Aguirre, que cedió la presidencia de la Comunidad de Madrid a Ignacio González para dejar la primera línea de la política (¿alguien duda de que ha abandonado la política la lideresa del PP de Madrid). Ambos tenían motivos y el viento sopló a su favor…



Claro que a la hora de irse del cargo lo que vale para unos, también vale para otros. Cuestión de conveniencia para el partido o para uno mismo. Y este criterio convendría aplicarlo tanto a las críticas como a las alabanzas. Claro que todo depende del color político de turno. Y ahí es donde se plantea esta cuestión: ¿Por qué el PSOE critica en Madrid que Ignacio González sea el presidente de la Comunidad y en Andalucía le pone la alfombra roja oficialista a Susana Díaz para que suceda a Griñán? Por cierto, el PSOE gobierna en Andalucía gracias al apoyo de IU porque fue el PP el partido más votado en las elecciones autonómicas…



La pregunta podría responderse con un cansino “y tú más”, propio de ese patio de colegio al que nos tiene acostumbrado la clase política española. Pero no es suficiente para una sociedad que exige algo más a la democracia y a los políticos que el simple hecho de ir a votar cada cuatro años. Griñán cede el testigo de Andalucía entre medias verdades y medias mentiras, todo a cuenta del escándalo del caso de los ERE falsos, con más de cien imputados por la jueza instructora. Su huida de la Junta de Andalucía, razones personales aparte, tiene mucho que ver con ese bochornoso caso que está en fase de instrucción judicial. Y su sucesora natural, Susana Díaz, no tiene fácil escapar de esa sombra pese a que se empeñe en representar un “nuevo tiempo”. 

A nadie sorprende que en su discurso de investidura diga que se “avergüenza de la corrupción” o que cuando se reúna con Rajoy pedirá “un pacto para la regeneración política de España”. Nada nuevo. La declaración de intenciones de Susana Díaz para combatir la corrupción es tan loable como previsible, aunque en su discurso curiosamente no se refirió en concreto a los ERE falsos (ni al caso Bárcenas). Un relevo generacional en la Junta de Andalucía, plagado de lugares comunes, no parece suficiente aval para olvidar la salida “generosa” de Griñán, entre otras cosas porque el PSOE andaluz vive su particular catarsis por el caso de los ERE.