jueves, 16 de agosto de 2007

‘Don Quijote’ no volará en La Mancha

Hay pocas cosas en La Mancha que no cuenten con la denominación de Don Quijote, el caballero de la triste figura que salió de la imaginación del ilustre alcalaíno Miguel de Cervantes. Hasta hace poco, Don Quijote iba a dar nombre al primer aeropuerto internacional privado que se construye en las tierras manchegas por donde discurren las aventuras del personaje, en concreto en Ciudad Real. El pasado mes de mayo la sociedad promotora CR Aeropuertos anunció un cambio de denominación de la instalación aeroportuaria al mismo tiempo que presentaba la nueva imagen corporativa. De este modo, Don Quijote perdía el avión y era sustituido por un nombre más comercial y con menos referencias literarias: Aeropuerto Madrid Sur Ciudad Real. El objetivo de la sociedad promotora es dirigir la nueva marca comercial a un público más internacional, incluir la palabra Madrid para identificar la capital de España con el aeropuerto y aprovechar “la saturación de Barajas, como indicaron los responsables del aeropuerto ciudadrealeño.No obstante, la denominación ha suscitado polémica tanto en Ciudad Real, como en Madrid, aunque por razones distintas. Ayer mismo, la Comunidad de Madrid anunció que adoptará “todas las medidas necesarias" para evitar que el nuevo aeropuerto de Ciudad Real se denomine Madrid Sur Ciudad Real basándose en que ello “incitaría a confusión y, además, limitaría la capacidad de decisión del Gobierno madrileño a la hora de decidir los nombres de las nuevas infraestructuras aeroportuarias comprometidas".El aeropuerto manchego, situado a poco más de doscientos kilómetros de Madrid, está previsto que opere en el primer trimestre de 2008. Contará además de la zona aeroportuaria con centro logístico que se sustentará en la intermodalidad, gracias a la estación del AVE, 16 vías de ferrocarril para mercancías o acceso inmediato a autovías.

viernes, 10 de agosto de 2007

Babel frutero

Plátanos de Costa Marfil, mandarinas de Sudáfrica, patatas de Israel... Desde luego ir al Súper en los últimos tiempos es lo más más parecido a un Babel hortofrutícola, muy lejano de la recomendación que nos daban hace años nuestros mayores de comer fruta de temporada. Ahora no se sabe porqué, pero es tan normal comer mandarinas en pleno agosto en Madrid, como que los argentinos consuman melón de piel de sapo de Membrilla (Ciudad Real). Con decir que todo es por la tan traída y llevada globalización, o por Rodríguez Zapatero o la Pantoja, todo estaría resuelto, pero no es así. No sé si era mejor pasarse todo el invierno deseando que llegara el verano para comer melón o sandía, aunque lo cierto es que no me veo tomando estos deliciosos productos en enero, aunque cuenten con el toque mágico de Adriá con cebolla caramelizada y esencias de algas con tiras de tiramisú. Puede que algunos les guste.... pero yo me quedo con el melón de toda la vida, el que como mucho comía hasta finales de septiembre y que el frutero me recomendaba. Nunca se equivocaba. Tal vez desde las ciudades se haya perdido la perspectiva rural y de la importancia que tiene el sostenimiento de una forma de vida que permite que en las grandes ciudades la gastronomía brille y que el fast food encarnado por las hamburguesas tenga el color de la huerta. En otras palabras, sin buena materia prima, poco o nada pueden hacer los mejores cocineros del mundo o el cocinillas de la tasca de mi barrio, que lleva años haciendo unas croquetas de matrícula de honor y unos potajes que quitan el hipo. Pero el medio rural está herido porque cada vez es menos rentable. Un agricultor, según el observatorio de precios del Ministerio de Agricultura, recibe 0,50 euros por un kilo de tomates y el consumidor paga por el mismo kilo en supermercados, fruterías e hipermercados como mínimo 2,05 euros. Casi nada. Y así podemos seguir con las cebollas, pepinos, pimientos etc. Con este panorama, vivir del campo es día a día más complicado y cada vez más jóvenes abandonan el medio rural para buscar curre de ocho a tres en la gran ciudad. Claro, que trabajar de sol a sol, a expensas de los efectos de tormentas, heladas, plagas y topillos que arruinen la cosecha es tan duro que pocos son los que quieren seguir la tradición familiar. Mientras tanto, el número de explotaciones agrarias se va reduciendo y ya ni siquiera se hace como antaño, cuando se volvía del pueblo cargado de tomates que saben a tomates o huevos de verdad. Todo tiene un precio, pero al final quien lo paga es el consumidor, que ya prefiere conducir un todo terreno con GPS de última generación antes que ir al pueblo y venir cargado de patatas, que al fin y al cabo, son de la misma cadena que tiene a la vuelta de la esquina de su casa.

sábado, 4 de agosto de 2007

La falsa leyenda de Karl Müller, 'O alemán'


La aventura de un ribadense que nunca existió... o quién sabe


Era el mes de julio de 1942, el Océano Atlántico se había convertido en un mar de locos, y nunca mejor dicho. Chatarra, cascos de barcos, torpedos y muerte se sumergían para siempre en las profundidades, llevándose consigo la incongruencia y la sinrazón del ser humano para enterrarlos en los abismos del mar. Karl Müller, el sonarista, se encontraba a bordo del U-Boote alemán, uno de los terribles submarinos que castigaron una y otra vez, sin misericordia a los barcos de la flota aliada, en especial a los convoyes británicos que intentaban hacer llegar abastecimientos a la cada vez más aislada Inglaterra y al resto de los países aliados desde Estados Unidos. La ofensiva alemana, dirigida por el Almirantazgo a lo largo de ese año había sido total y despiadada, más de 3.760.000 toneladas de barcos aliados habían sido hundidas por el acoso implacable de los terribles submarinos alemanes que tenían todo a su favor frente a los lentos buques de carga y las corbetas que poco podían hacer frente a la precisión de los submarinistas alemanes, más que tratar de mantener la unión de los convoyes.
La última misión del U-Boote, en el que prestaba servicio su servicio Karl fue un éxito total. A lo largo de una semana habían acosado sin descanso, durante una semana, a un convoy compuesto por veinticuatro buques, la mayoría mercantes tipo Liberty, armados con pequeños cañones, que cubrían la ruta del Atlántico Norte desde Halifax, capital de Nueva Escocia (Canadá) hasta el británico puerto de Londonderry, en Irlanda del Norte. El submarino alemán y su flotilla se limitaban durante el día a seguir el rumbo de sus presas, pero era de noche cuando los torpedos que cargaban hacían su trabajo, algo que era relativamente fácil. Ese tipo de convoyes que cubrían la ruta del Atlántico sólo contaba por lo general con un par de corbetas de escolta y rara vez conseguían el apoyo de barcos de guerra de mayor tonelaje y con mayor capacidad de defensa como los destructores. Pero la lucha no era sólo contra los submarinos, también lo era contra la furia de la mar, que en pleno Océano Atlántico se bastaba por si solo para acabar con cualquier barco en un furioso temporal.
En esta ocasión, los submarinos alemanes habían atacado durante seis noches consecutivas y sin descanso al convoy, echando a pique a catorce buques de carga y un petrolero. Este último se hundió en la posición 47º 30’ N/ 20º 12’E, donde había tenido lugar la última batalla, tal y como quedó reflejado en el cuaderno de bitácora. Allí, uno de los torpedos lanzados desde el submarino en el que Karl desempeñaba la función de sonarista impactó de lleno en el casco de un petrolero británico, que en cuestión de segundos se partió en dos y estalló, convirtiendo las aguas del Atlántico Norte en un fantasmagórico escenario de llamas, petróleo derramado y cuerpos humanos mutilados o ardiendo. Los maquinistas y en definitiva, la tripulación, sabían que en caso de ser atacados por un submarino, estar en las entrañas del barco, bien en las máquinas o en los camarotes, era como permanecer en una tumba de la que no había escapatoria. No obstante, esa muerte era más instantánea y menos dolorosa que hacerlo abrasado en el mar, con todo el cuerpo manchado de combustible y esperando que el fuego consuma la vida.
A lo largo de la existencia, y más durante esta cruel guerra, el sacrificio de unos sirvió para que una mayoría pudiese sobrevivir. Así, el hundimiento de aquel petrolero, con las imponentes llamaradas de fuego y las continuas explosiones sirvió para que aprovechando la noche cerrada, el resto del convoy lograra desviar en una hábil maniobra a los alemanes y llegar a su destino final de Londonderry, donde los aliados tenían una de sus bases. Este convoy no había sido muy distinto al último, era uno más. La maniobra para escapar de los alemanes no era ningún capítulo heroico en la vida de aquellos marinos, ni nada que se le pareciese. Sólo era la guerra y el instinto para sobrevivir. El submarino alemán en el que Karl prestaba servicio había zarpado de la base alemana de Brest, en la ocupada Bretaña francesa tan sólo tres semanas antes, y la tripulación sabía que después de ese tiempo y el éxito de sus misiones el retorno a la base era inminente. Pero una inesperada avería mecánica trastocó los planes del capitán del submarino. El agarrotamiento del timón de profundidad provocó que el U-Boote tuviera que retrasar sus planes de regreso a Brest. Era una avería importante porque les impedía sumergirse y en aquellos días si los aviones aliados detectaban su posición corrían serio peligro de ser atacados. Se habían convertido en un blanco demasiado fácil. Ante la imposibilidad de esperar que llegara uno de los barcos de aprovisionamiento, mercantes alemanes denominados Corsarios, el capitán del submarino, tras conocer los detalles de la avería ordenó que fondeara en un lugar de la costa. Así lo hicieron, no sin grandes dificultades para gobernar el barco. Parecía que por unas horas la tensión y el dolor de la guerra habían quedado paralizadas en las retinas de los hombres que convivían dentro del casco del submarino, entre estrecheces e incomodidades, ignorando cuál sería su futuro. El submarino, después de largas horas casi a la deriva y haciendo frente a un moderado temporal, alcanzó la costa española. El capitán sabía que allí no iban a encontrar problemas y que si fondeaban al abrigo de una de las escondidas calas del abrupto litoral Cantábrico podrían reparar la avería y continuar rumbo a Brest.
El U-Boote, tuvo más dificultades de las previstas y durante la bajamar fondeo en la Ensenada de Villaselán, junto a la isla Pancha. Disponían de poco tiempo para subsanar la avería en el timón porque cuanto más tiempo estuvieran allí, a la vista de cualquiera, más posibilidades había de ser atacados por las fuerzas aliadas.
El sonarista, Karl Müller, que era natural de la ciudad hanseática de Bremen, con uno de los puertos más importantes del Mar del Norte, tenía tan sólo 21 años y desde muy joven había heredado la pasión por la mar. Su padre, había pasado la mayor parte de su vida en la mar, encerrado en las salas de máquinas de diversos buques de carga surcando los mares del ancho mundo. Las historias de tempestades, el paso del Estrecho de Magallanes o del terrible Cabo de Hornos, la calma del Pacífico y los amores en cada puerto habían proporcionado al pequeño Karl el espíritu de los auténticos lobos de mar.
Pero la vida casi nunca es como una se la imagina y aunque no por eso había dejado de soñar, sí había perdido la mayor parte de los ideales de juventud, ni siquiera su ciudad, ni su país podían ofrecerle nada en esos momentos. La guerra y los estúpidos ideales nacionalsocialistas habían cortado de cuajo sus proyectos. Se encontraba encerrado, casi enclaustrado en unos escasos metros cuadrados, en un clima asfixiante, sentado largas horas junto a un aparato que había llegado a odiar, el sonar, identificando los fondos marinos y los barcos a través del ruido de las hélices. A muchos pies de profundidad era uno más de los que colaboraban durante la guerra en la hermosa tarea de hundir todos los barcos enemigos que se ponían al alcance del periscopio.
Karl no era muy expresivo ni hablador pero cada vez que escuchaba a sus compañeros de tripulación felicitarse por un nuevo hundimiento entre vítores y gritos de “¡Heil Hitler!”, fruncía el ceño, concentraba la mirada en los botones del sonar mientras en el interior se le retorcían las tripas. Durante la última batalla en el Atlántico había escuchado a través del sonar las explosiones y los desgarradores gritos de los náufragos, marinos como él, que dejaban sus vidas en el mar. Karl dominaba el sonar a la perfección, era difícil que se le escapara algo y con el tiempo que llevaba en submarinos distinguía con extraordinaria precisión un pesquero, un buque-tanque, un acorazado u otro submarino. Durante los casi dos años que llevaba al servicio de la Marina del III Reich pasó del orgullo al odio. Aquella noche, en la que hundieron al petrolero, sintió asco de lo que era y de lo que la guerra había hecho con él, convirtiéndole en un hombre indiferente el dolor y al servicio de la maquinaria de guerra. Un engranaje más. Escuchó en el sonar los gritos desesperados de hombres que en cuestión de segundos iban a convertirse en masas humanas inertes, sin vida. Detrás de todos y cada uno de ellos había una historia personal, una familia, tal vez, hasta unos hijos. Pero de pronto, el silencio de la noche se rompía con el estruendo de una explosión y todo se acababa.
Al ver la costa, Karl sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo de los pies a la cabeza, vio la oportunidad de recobrar la libertad y huir de la locura de la guerra. No se lo pensó mucho, y mientras el submarino estaba fondeado, se encaminó a la escotilla de popa, caminó con sigilo por la cubierta del sumergible, se lanzó al mar y alcanzó la costa. El oficial de guardia de la torreta no le vio y cuando advirtieron su desaparición, Karl estaba en tierra firme buscando un escondite seguro, donde no le pudieron encontrar. De todos modos, el capitán prefirió que nadie desembarcase para ir en su busca. Bastante tenía con arreglar la avería y zarpar cuanto antes.
Durante horas anduvo errante por los prados y caminos, temeroso de ser encontrado por sus compatriotas, hasta que llegó hambriento y cansado a la parroquia de Villaselán. Allí, en la iglesia, encontró cobijo y refugio para huir de un mundo que se había desmoronado a sus pies. El cura le sorprendió tendido junto a unos matojos que crecían junto al muro de piedra. Al principio se asustó al ver a un desconocido uniformado. Aunque no tardó en averiguar que se trataba de un alemán, no tardó en comprender que aquel hombre que no hablaba su idioma estaba hambriento y que tenía miedo. Le llevó al edificio rectoral y le proporcionó comida. Karl había decidido romper con un pasado lleno de odio, destrucción y ambición personal del Führer. Ya no había marcha atrás. El párroco de Villaselán, fiel guardián del secreto, le dio cobijo durante unos días evitando que nadie supiera de él durante un tiempo. Tras la partida del submarino Karl volvió a ver la luz del sol aunque de otra manera.
Los vecinos le acogieron y le proporcionaron toda la ayuda que su humilde situación les permitía. Karl, dispuesto a comenzar una nueva vida aprendió con rapidez. Arregló una vieja casa de campo abandonada, descubrió los secretos de la agricultura y con el paso de los años sustituyó sus sueños juveniles, de odiseas marinas en todos los mares del mundo por la pesca en la Ría de la preciada robaliza y los calamares, en un pequeño bote en cuyo folio se podía leer un nombre: U-Boote.
Karl Müller, conocido como Carlos ‘O Alemán’, es a los setenta y un años un ribadense más. Habla gallego y castellano, conoce los secretos culinarios del pulpo a feira y del lacón con grelos, entre otras delicias de la buena mesa; lee y hasta se sabe de memoria algunas de las leyendas escritas por Álvaro Cunqueiro; ha recorrido una a una las posesiones del decapitado Mariscal Pardo de Cela; está convencido de que en el Palacio de Ibáñez, actual pazo consistorial, existe oculto un fabuloso tesoro; y tiene la fe suficiente para creer que si San Gonzalo hubiera existido a mediados del siglo XX hubiera hundido uno a uno los barcos de guerra alemanes como hizo con los invasores bárbaros, aunque esta vez sin necesidad de arrodillarse. Y si este Santo no hubiera podido contra la crueldad nazi no había dudado en unir sus esfuerzos a la Maruxaina de San Ciprián, para seducir con su maléfico encanto a los marineros del Tercer Reich.
Ha visto construir el Puente de los Santos; año tras año asiste a primeros de agosto al hoy llamado Municipal Pepe Barrera para presenciar la fiesta del fútbol ribadense, el Emma Cuervo; sube a Santa Cruz el día de la Xira para compartir empanada y ribeiro con sus vecinos y amigos en perfecta armonía con el sonido de la gaita; vio el humo de la máquina del tren minero de Villaodrid que llegaba hasta El Cargadero; se ha bañado en Cabanela y se ha perdido por las calles del barrio de Porcillán hasta llegar a la Atalaya; ve como los nuevos tiempos llegan a la comarca; y hasta se enamoró, se casó - por supuesto en Villaselán - y tuvo tres hijos.
Y todavía hoy se sigue emocionando cuando desde la habitación de su casa en Villaselán ve brillar bajo el sol o abriéndose paso entre las brumas matinales, el tejado de la Torre de los Moreno, símbolo de Ribadeo y de todo el municipio, que se yergue orgullosa ante la imponente Ría. Es el símbolo de un recuerdo que jamás olvidará y de la gratitud que siempre tendrá hacia los ribadenses de aquí y de allá.

Pregón de la Xira a Santa Cruz




Cine-Teatro de Ribadeo. 6 agosto de 1994



Cuando a finales del pasado mes de septiembre Pancho Maseda se puso en contacto conmigo y me comunicó su deseo y el de la Sociedad de Amigos de la Gaita, a la cual me honro pertenecer, para que me encargara de pronunciar el pregón de la Xira a Santa Cruz y del día de la Gaita no pude salir de mi asombro.

- Pero, Pancho, ¿cómo te has fijado en mi para que pronuncie el pregón? -le pregunté inmediatamente sorprendido por tan inesperado ofrecimiento.

- ¿Y por qué no?, -me respondió en una contestación muy a la gallega- hay que dar paso a las nuevas generaciones.

Lo cierto es que ha pasado un año casi desde entonces y aquí me tienen, pronunciando el pregón de un día de fiesta tan significativo y enraizado para Ribadeo y para toda la comarca galaico-astur como es la Xira a Santa Cruz y el Día de la Gaita.

Pasado un tiempo, una vez que había aceptado la propuesta de ser el pregonero de tan señalada fiesta me puse a pensar en un aspecto que a priori parece muy sencillo y si me apuran, evidente, pero que es más complicado de lo que pudiera parecer.Y esta cuestión no es otra que la siguiente: ¿cómo se hace un pregón?

Jamás en mi vida he escrito ni pronunciado discurso o pregón alguno, por eso espero que tengan la suficiente paciencia para disculpar los errores que pudiera cometer. Ignoro si está será mi primera y única experiencia en estas lides, lo que sí les puedo decir es que a falta de Manuales o Métodos para escribir pregones me he dejado guiar por mis instintos y mis sentimientos. Les aseguro que me siento tan nervioso como el día que me examiné de Selectividad pero espero que el resultado sea de su agrado porque he depositado todo mi cariño en estas líneas. Si existe alguien extrañado por estar aquí afrontando una responsabilidad como la de pronunciar este pregón ese soy yo, porque no reúno mérito alguno para hacerme merecedor de tan alto honor.

Desde que en el año 1980 José Juan Suárez Acevedo pronunciase el primer pregón con motivo de la Xira a Santa Cruz y el Día de la Gaita han sido muchas las personalidades vinculadas a Ribadeo que han ejercido como pregoneros. Todos ellos, ilustres y dignos, llenos de experiencia y de virtudes difíciles de igualar. Repito que ignoro los méritos que la Sociedad de Amigos da Gaita habrá visto en mí para designarme pregonero en la presente edición, porque estoy muy lejos, tanto en mi trayectoria profesional como personal, de todos los que me han precedido en esta tribuna pública. Aunque si puedo presumir de tener algo en común con ellos y con todos los que están relacionados a esta hermosa villa y a su municipio: mi amor a Ribadeo, a su paisaje y a sus gentes.

Para mí es un motivo de orgullo encontrarme aquí frente a ustedes, o tal vez sería mejor decir, con ustedes, pronunciando estas palabras, porque no nací aquí, en Ribadeo y ni siquiera en Galicia. A pesar de ello siempre proclamé mi ribadensismo aunque ahora no voy a aclararles las razones de ello. Según donde me encuentre soy bien un madrileño en Ribadeo o bien un ribadense en Madrid, pero como les acabo de decir, es una anécdota que pertenece a mi vida.

Jamás renuncié a mi lugar de nacimiento -no nací en Ribadeo por unos días, al menos eso me dijeron- pero desde que era muy pequeño mis padres y mis abuelos, a los que si me lo permiten quiero dedicar un pequeño recuerdo, me enseñaron a ser de Ribadeo. Y así es, he pasado media vida deseando que llegara el día y la hora para viajar a Ribadeo y la otra media deseando que no llegara el momento de abandonarlo.

Pero por encima de todos estos sentimientos personales hay algo mucho más importante, algo con más valor que las palabras que dan forma y vida a este pregón. Y no es otra cosa que el simple hecho de estar aquí un año más, compartiendo en este singular acto nuestra alegría de vivir y las ganas de compartir la romería en toda su intensidad. Cuando mañana lleguemos a la altura del monolito de piedra que lleva la inscripción de Corredoira de Carlos y Amando Suárez Couto, al comienzo de la última cuesta antes de llegar a Santa Cruz, otro año en nuestras vidas habrá pasado pero nuestra ilusión por celebrar esta importante romería acompañados por el eco de las notas de la gaita permanecerá tal cual, intacta.

Agosto tras agosto, el primer domingo, se juntan en Santa Cruz, junto al inmortal Gaitero de piedra cincelado por el escultor orensano Failde, única obra en su género que existe en Galicia, todos los gaiteros, los del ayer, los del presente y los del futuro. Y con ellos, cientos de personas y familias. Gente honesta, admiradora de la buena mesa, del mejor del vino y de las costumbres tradicionales, que expresan un sentimiento común al que aludía hace unos instantes, la alegría de vivir. Sólo así se puede entender esta fiesta que nació hace tantos años en Ribadeo y de la que mantenemos la llama encendida con toda su fuerza.

La Xira a Santa Cruz y el Día de la Gaita, surgieron hace años atrás gracias al impulso y al esfuerzo de un grupo de emprendedores ribadenses, entre los que se encontraban dos personas cuyo nombre no puedo ni debo omitir: Carlos y Amando Suárez Couto. Con el paso de los años la Sociedad de Amigos de la Gaita se ha encargado de recordarnos que cada primer domingo de agosto todos tenemos una cita en ese pequeño lugar del paraíso llamado Santa Cruz, rodeado de pinos, acacias y eucaliptos, desde el que se observa a modo de ventana la puerta Norte y la llave de Galicia, Ribadeo, en un paisaje casi único dominado por la hermosa contemplación de la Ría.

Este día, en el que todos nos levantamos con el estruendo de las potentes bombas de palenque mientras la gaita alegra las rúas ribadenses invitándonos a subir a Santa Cruz, constituye sin lugar a dudas una jornada de exaltación de un instrumento, la gaita, una ancestral cornamusa cuyo origen todavía no está muy claro. Al mismo tiempo es una evocación de la galleguidad en una de sus expresiones más populares, la de la romería.

En Santa Cruz, bebemos, comemos y bailamos bajo los cantos de las gaitas, manteniendo una identidad y una tradición que da sentido a la colectividad. En mesas improvisadas o en manteles extendidos sobre el suelo tienen cabida las empanadas, las tortillas, la carne asada, los quesos y las tartas, así como otros exquisitos manjares, que saciarán el apetito de todos. El ribeiro y la sidra asturiana se encargarán de calmar la sed y la queimada prolongará el almuerzo hasta que la noche se deje caer cadenciosa sobre los árboles, los toxos y la hierba envolviendo el inmortal Gaitero de piedra. Un gaitero que no es anónimo para ninguno de nosotros porque bajo sus pies nos reúne año tras año para escuchar cómo el viento, casi siempre nordeste, hincha su pétrea gaita y la convierte en una música de tonos agudos que viaja a los cuatro puntos cardinales.

No podía existir mejor sitio que Santa Cruz para instalar un monumento al Gaitero, en ese mirador privilegiado sobre la Ría, un lugar tranquilo y bucólico como ninguno. Allí, como si se tratara de la famosa Fraga de Cecebre, -“... bosque inculto, entregado a sí mismo, en el que se mezclan variadas especies de árboles”- inmortalizada por Wenceslao Fernández Flórez en El bosque animado, el vivificador nordeste acaricia la figura del pétreo gaitero que se alza serena sobre la Ría y sobre las siluetas de Figueras y Castropol, pueblos tan parecidos a Ribadeo, pero tan distintos...





La gaita siempre ha estado unida a la diversión popular de Galicia, a sus tradiciones a su identidad y a sus sentimientos, nunca al servicio de intereses mercantilistas. De hecho la sabiduría popular gallega tiene un refrán que dice así: “Gaiteiro pago, nunca ben toca”.
La gaita es un instrumento unido de manera intrínseca a nuestro espíritu y que ha sabido convertir en música los sentimientos más profundos. Unas veces canta y otras llora; en unas ocasiones el roncón, el soplete y el fol convierten el viento en alegría y en otras en melancólicos lamentos.

Pocos instrumentos han sabido expresar con tanta precisión estados anímicos del ser humano como la saudade, el dolor, la soledad, el amor o la morriña. Y más para un pueblo como el gallego que ha vivido en la diáspora de la emigración, ganándose el pan de cada día a cientos de kilómetros de su casa, añorando la tierra que le vio crecer. Ribadeo no ha sido ajeno a ello y tal vez de ahí ha heredado un talante globalizador y hospitalario, que me atrevería a afirmar tiene una de sus máximas expresiones en el Día de la Xira a Santa Cruz y de la Gaita.

Ese instrumento está viviendo en estos tiempos un momento de esplendor y en la actualidad existen más gaiteros en Galicia que en Escocia, uno de los siete países de origen celta, en los que el sonido de la gaita ocupa un lugar predominante en cuantos actos oficiales o privados se realizan.

Aunque el origen de la gaita no se tiene muy claro una de las noticias más antiguas que se tienen sobre la existencia de un instrumento similar data del año 400 antes de Cristo, acerca de una cornamusa originaria de Grecia cuyo fuelle era de piel de perro. En España, una de las primeras representaciones de tañedores de gaita aparece en las miniaturas de los códices de las Cantigas de Alfonso X El Sabio. En los siglos XIV y XV los gaiteros eran músicos profesionales. Tres centurias después, la gaita empieza a acompañar danzas profanas y a comienzos del siglo XIX los autores del rexurdimiento de la cultura gallega realizan abundantes referencias a los gaiteiros en sus obras.

La gaita tiene fuertes raíces en Ribadeo según afirma Francisco Lanza en su Ribadeo Antiguo con estas palabras: “la gaita era la música obligada en cuantas diversiones había. Ya queda dicho en un anterior capítulo, que en los concejos públicos de primeros de año -Francisco Lanza se está refiriendo a principios del siglo XVIII- se nombraba siempre un gaitero, al son de cuyo instrumento desfilaban las cofradías y hacían los gremios sus danzas”.

Desde antaño Ribadeo ha tenido una enorme tradición gaitera y como prueba de ello no existe mejor unión que la que tiene lugar cada primer domingo de agosto, una simbiosis casi perfecta entre la gaita y la romería. Por eso no puedo dejar de ensalzar, cuando se cumple el centenario de su nacimiento a Amando Suárez Couto, ilustre pintor ribadense que junto a su hermano Carlos, dio vida a una fiesta que llega hasta nuestros días.

Durante toda su existencia estuvo vinculado a Ribadeo, villa y municipio. A principios de los años sesenta, mientras un grupo de jóvenes de Liverpool llamado Los Beatles revolucionaba el panorama de la música en el mundo entero, Amando veía cumplido su sueño particular, su propia revolución personal. Entonces creó la agrupación femenina de gaitas Saudade, denominado con posterioridad Follas Novas, ya con participación mixta. Por otra parte en lo que a su actividad artística se refiere sus cuadros e ilustraciones gozan de un enorme valor tanto dentro como fuera de Ribadeo.

Cada vez que oigamos el roncón del gaitero de piedra de Santa Cruz el también lo escuchará. Nos dejaremos llevar por la belleza de esas tierras verdes, húmedas y serenas, llenas de misterios profundos, bruxos y leyendas. Tierras que parecen modeladas por las necesidades del hombre y que el pincel del maestro inmortalizó en sus pinturas.

Los hermanos Suárez Couto, junto a los primeros Amigos de la Gaita, embriagados por la hermosa vista de la Ría que se divisa desde Santa Cruz, crearon esta Romería que perdura hasta nuestros días. Han pasado más de treinta años desde que se celebró la primera Xira y todos los ribadenses o forasteros que suben a Santa Cruz, prendados por la belleza del paisaje, sienten año tras año las mismas sensaciones que ellos experimentaron.

Ribadeo ha cambiado mucho en sus últimos tiempos, en especial en su fisonomía, tanto urbanística como paisajística, pero ahora no voy a entrar a valorar esos cambios. El paso de los años es inevitable para todos y el progreso muchas veces acaba con costumbres y tradiciones que parecen no tener cabida en el mundo moderno, el de la sociedad de consumo. La falta de ilusión primero, luego el recuerdo y, por último, el olvido forman parte de un proceso degenerativo de las cosas. Ahí radica el valor de la Xira a Santa Cruz y del Día de la Gaita, fiesta declarada de interés turístico, que permanece con el paso de los años gracias a todos ustedes y al esfuerzo de un activo grupo de personas que trabaja de manera desinteresada para que ni Ribadeo ni Galicia pierdan sus raíces.

Antes de remata-las miñas verbas gustaríame pedirlles unha cousa, en especial ós máis xoves, os representantes das novas xeracións, nos que Pancho Maseda e tóda a Sociedade de Amigos da Gaita teñen depositadas as súas espreitas: subide a Santa Cruz. Pode que soe a tópico, pero por unha vez, por un día, ímos olvidarnos dos nosos problemas diarios e das nosas liortas cotiáns. Subamos a Santa Cruz e disfrutemos en harmonia deste día.

Fagamos de mañá unha xornada especial, rindamos homaxe á gaita e a tódolos gaiteiros, a boa mesa, a mellor bebida e á alegría de vivir. O luns será outro día, o día despois,... pero esa é outra historia.

Cariño, has vuelto a beber

Las Fiestas Patronales habían terminado y tras el correspondiente día de resaca me disponía a prepararme para pasar el largo invierno de la mejor manera posible. Mi esposa, en la cocina como de costumbre, se esforzaba para ofrecer lo mejor de su arte culinario. Yo, mientras tanto, no tenía otra cosa mejor que hacer que ir a pasear antes de cenar y alternar en los bares con algún superviviente de las fiestas.
Con unos pesos en los bolsillos salí de casa bien pertrechado porque afuera había una intensa niebla que no dejaba ver un palmo más allá de mis propias narices. La humedad calaba mis huesos y creo que también mis ideas porque les aseguro que lo que les voy a contar me sucedió realmente durante esa noche de septiembre. ¿O tal vez no?
No había muchos bares abiertos, pues la mayoría de ellos habían aprovechado la conclusión de las fiestas para colgar el consabido cartel de “cerrado por vacaciones”. Créanme que la tarea de encontrar una taberna abierta fue difícil, pero como quien la busca la consigue, al final entré en una que se encontraba detrás del Ayuntamiento, junto al viejo convento franciscano. Andaba un poco despistado, no sé si por la niebla, la resaca festera o por qué razón pero lo cierto es que no me sonaba mucho esa taberna. No obstante, daba igual un bar u otro, mientras hubiera vino. - No sabía que hubiera aquí un bar -me dije extrañado- Bueno, da igual, cualquier sitio es bueno para tomar un xoven.
Cuando entré me asaltó una duda: ¿quién es más tenebroso el bar o el camarero?. Todo era antiguo, los vasos, las sillas,... y por si esto fuera poco el olor, un penetrante aroma que jamás había sentido en mi vida. Lo más curioso es que ni siquiera había botellas, y el camarero que sólo abrió la boca para preguntar qué deseaba tomar, servía el vino directamente de unos inmensos garrafones a los vasos. Desde luego, nunca lo había por allí pero, daba igual.
Además del camarero, había otra persona en el local. Su aire era un poco misterioso, envuelto en una capa azul, apenas podía adivinar su rostro. Sus ojos tenían una intensa mirada y una perilla rodeaba su boca. Nunca fui bueno para adivinar las edades de las personas pero supongo que tendría alrededor de los sesenta años, al menos era lo que aparentaba.
Reconozco que cuando le oí hablar un escalofrío recorrió mi cuerpo. Su voz era profunda, sosegada y utilizaba unas palabras que me resultaban propias de otros tiempos aunque su acento era de allí, sin duda. A pesar de todo decidí iniciar una conversación con él y para romper el fuego nada mejor que hablar fútbol, algo muy común en cualquier bar -del tiempo, y en especial del que había hecho a lo largo del verano, era mejor no hacerlo-.
- Este es el año el Deportivo de La Coruña, ¿ no cree, caballero? -le pregunté esperando una rápida contestación. El misterioso hombre en cuestión asintió con la cabeza y se limitó a decirme que no podía entender ese juego.
- Me llamo Raimundo, ¿ y usted?
- Francisco, Francisco Pousada, para servirle- le dije.
El hombre parecía muy cordial e intuí que tenía ganas de conversar, así que le pregunté por las fiestas que acabábamos de vivir.
- Es una pena que las Fiestas se hayan terminado pero han sido espléndidas.
- Sí, pero de todas maneras he vivido tantas que... no sé, demasiado ruido, demasiado bullicio de gente- me contestó.
La verdad es que Raimundo tenía una conversación muy agradable y a tenor de sus palabras era un buen conocedor de Ribadeo y de la zona aunque jamás le había visto por allí. A pesar de eso me confesó que llevaba muchos, muchos años viviendo en la villa, más de los que yo era capaz de imaginar, vagando como un alma en pena por sus rúas y los recónditos callejones del Ribadeo antiguo -confesó que la parte nueva prefería no visitarla-, viendo como pasa el tiempo y como cambian las modas. No le presté más atención que la que se puede tener al quinto vino pero proseguimos con nuestro diálogo. Me aseguró que había nacido en Santa Eulalia de Oscos, en la comarca de Castropol, y que se había instalado en la próspera y comercial villa de Ribadeo, donde poseía un pazo de estilo neoclásico del siglo XVIII.
- Allí custodio un magnífico tesoro que unos dicen que existe y otros que no. Pero le aseguro que ningún mortal ha visto jamás tanta riqueza reunida.
Dicho esto se despidió de mí agradeciendo estos momentos de charla y me aseguró que jamás volveríamos a vernos. Me quedé sin palabras y sin capacidad de reacción. No sé si fueron los efectos del vino o qué pero por un momento pensé que estaba junto al fantasma del Marqués de Sargadelos, el industrial ilustrado que a finales del siglo XVIII montó una de las fábricas de ollas y cerámica más prósperas de Galicia. Se lo quise preguntar pero ya era demasiado tarde, nunca destaqué por mi rapidez mental. Envuelto en la capa había salido de la taberna perdiéndose bajo la espesa niebla que no dejaba ver más de un palmo en las narices. Salí detrás de él pero no le vi y cuando quise entrar de nuevo en el local no pude, no encontraba la puerta, había desaparecido.
Extrañado, sorprendido, regresé a mi casa donde mi mujer esperaba inquieta por mi tardanza y con la cena fría. Cuando le conté la historia no se creyó ni una sola palabra, clavó los ojos en mi rostro y sólo se limitó a decir un escueto: - Cariño, has vuelto a beber.

A cova da fada

Hace muchos, muchos años vivía en un lujoso palacio situado en las laderas de Cedofeita, no lejos de la villa que hoy se conoce por el nombre de Ribadeo, un valeroso príncipe rodeado de riqueza, paz y prosperidad. Un buen día de primavera durante uno de sus viajes por las montañas de Los Oscos se perdió y fue a parar a un desconocido bosque plagado de robles, pinos y castaños de una belleza casi mágica. Descabalgó de su caballo y comenzó a andar delante del animal sujetándole por las riendas. Tras deambular largo rato sin saber adonde ir y sin encontrar la vereda apropiada comenzó a oír entre los sonidos naturales de aquel bosque las risas inocentes que por sus características, sólo podían provenir de una joven mujer. Vinieran de quien vinieran esos sonidos limpios e inocentes, el joven príncipe no se atemorizó sino todo lo contrario porque estaba seguro de que no podía ser más que una buena señal. A lo largo de su vida, como noble guerrero que era, había tomado parte en numerosas batallas contra poderosos enemigos y aunque hacía muchos años que había vencido el sentimiento de miedo que todo hombre posee, en especial a lo desconocido, nunca había experimentado esa sensación tan confortable.
La frondosidad del bosque era tal, que apenas podía ver unos metros por delante de él y tan sólo cuando miraba hacia arriba divisaba, abriéndose paso entre las copas de los árboles, el azul del cielo, que de poco le servía para guiarse en aquel lugar. En cuanto a las risas, que no dejaban de oírse entre los robustos troncos de los árboles, cuando creía haberlas localizado y se encaminaba a ellas, desaparecían y volvían a repetirse a sus espaldas. Ese inocente juego duró un rato hasta que de pronto apareció ante sus ojos la mujer más bella que jamás hubiera podido imaginar. Esa belleza era tal que no podía ser real… Aunque desde pequeño sabía que en los lagos y los bosques habitaban seres de extraordinaria belleza que no eran de este mundo y que rara vez se dejaban ver por los mortales, pensaba que jamás iba a tener la oportunidad de encontrarse con uno de ellos. Ahora, no tenía ninguna clase de dudas. ¡Y vaya, si existían!
El príncipe, dubitativo, no sabía si estaba viviendo un sueño o si era realidad y comenzó a pellizcarse el brazo para comprobarlo. La joven mujer, que iba vestida con un vestido de seda blanca, permanecía casi inmóvil frente a él, mostrando una amplia sonrisa en su rostro. Tenía el cabello rubio, inmensos ojos azules casi transparentes, su rostro, de dulces facciones, desprendía un halo de candidez e inocencia y su voz era dulce y melodiosa.
Desde el primer momento el príncipe la trató con bondad y respeto, lo que a cualquier hada siempre halaga, porque son muy sensibles, y después de un rato de conversación entre ambos y mientras ella le guiaba por frondosas veredas plagadas de helechos, hasta encontrar el camino de vuelta, surgió el flechazo y tanto ella como él se enamoraron perdidamente desde aquel encuentro fortuito.
No tardaron en volverse a ver y el príncipe regresaba cada vez que podía al bosque del que ya conocía el camino para entrar y salir. Pero estos encuentros no eran del agrado de Finvara, el Rey de las Hadas, padre de la joven, que desaprobaba que su hija se pudiera enamorar de un mortal.
Por esta razón habló con ella para que renunciara a ese amor y cumpliera con sus obligaciones como hada del bosque y como hija de un Rey. Ante la postura negativa de su hija, Finvara contactó con un druida llamado Cruanagh, un ser maligno de perversas intenciones al que encomendó la difícil tarea de romper el encantamiento amoroso que unía a su bella hija con el joven príncipe de Cedofeita.
Cruanag no tardó en utilizar sus poderes para llevar malos presagios de guerra al Palacio en el que habitaba el joven príncipe, quien cayó en la trampa disponiéndose para partir de manera inmediata hacia Escandinavia y combatir a los vikingos que trataban de usurpar el trono de su padre. Muy a pesar suyo y desconociendo por completo que se trataba de un plan urdido por la mente enrevesada del druida, corrió al bosque para reunirse con su amada antes de partir y explicarle los motivos de su partida hacia el Norte.
El príncipe, que no tenía otro remedio moral que luchar por su padre, le dijo a su amada que no se preocupara por él porque regresaría pronto. Además, le dijo que si le pasaba algo abandonara el bosque y se dirigiera a una cueva situada en la Ría de Ribadeo, junto a unos acantilados, al borde del mar y a la que sólo se puede entrar los días de mareas muy vivas. Unos metros antes de la entrada hay una formación rocosa, llamada las Carrayas que impide que los barcos se acerquen hasta allí y quienes lo intentan encallan sin remedio destrozando las embarcaciones desde la roda al codaste, haciendo astillas la quilla.
- Para entrar en la cueva no tienes más arrojar la arena mágica que contiene esta bolsa que te voy a dar, en el interior de Pena furada, una roca muy característica que distinguirás con facilidad por el amplio agujero que tiene a simple vista. A continuación verás ante ti la cueva y podrás entrar.
- Así lo haré, pero te prometo que esperaré tu vuelta -dijo ella.
- Allí -prosiguió el Príncipe- encontrarás los más fabulosos tesoros que cualquier ser, humano o no, pueda imaginar. Todo lo que hay es tuyo.
La joven, aunque entendía las razones de la marcha de su amado temía que su padre, por la oposición a su amor, podría estar detrás de esta repentina guerra. Así que le prometió que le esperaría siempre, pasase lo que pasase, y tardase lo que tardase.
Unos días después de zarpar y cuando el barco se encontraba en alta mar, a dos días de navegación y casi cien millas de la costa, el cielo azul se cerró de pronto y cambió de tono. La oscuridad se apoderó del día, surgiendo de la nada las olas más grandes que se puedan imaginar y los vientos más fuertes que jamas azotaron la Tierra. La furia del mar destrozó el barco del príncipe, echándolo a pique y llevándolo hasta el fondo de los abismos marinos sin que nunca más se supiera de él.
La joven hada que intuía que algo malo había pasado abandonó el bosque tras confirmarle su padre, Finvara, que el príncipe jamás volvería, y llegó hasta la cueva siguiendo las indicaciones que su amado le había dejado antes de partir. Al abandonar su sagrado bosque sabía que lo hacía para siempre y que jamás podría volver.
Aprovechando la bajamar llegó hasta Pena furada, y tal y como le dijo el príncipe dejó caer la arena que contenía la bolsa bajo el arco de la caprichosa formación rocosa. Acto seguido una pesada piedra abrió el paso dejando al descubierto los secretos de la cueva que en su interior albergaba un fantástico tesoro. La cueva era de cristal con zafiros incrustados, las estalactitas de oro macizo y las estalagmitas esculpidas en diamantes de los más variados colores. El suelo estaba lleno de griales repletos de piedras preciosas, rubíes y esmeraldas.
Desde entonces la bella hada permanece en su interior esperando que algún día regrese su amado para que como todos estos seres bellos y caprichosos de la mitología desean, velen por ella. Nadie ha podido verla jamás pero sus sollozos de lamento han sido escuchados desde hace muchas décadas por los marineros que navegan por la zona en las noches más frías y desapacibles. Pero, a pesar de que muchos han tratado de encontrar ese fantástico lugar nadie ha podido entrar nunca en A cova de fada.

Ribadeo 1.0

Lo que sucedió aquella noche será muy difícil de olvidar para los ribadenses. Jamás en la historia de la villa se había presenciado algo similar, y claro, como suele suceder en este tipo de cosas, las interpretaciones y las opiniones fueron de todos los gustos. Sólo Prudencio Lupa, el más afamado de los inspectores de policía de nuestra villa, perspicaz y clarividente como ninguno, que falleció hace unos años a consecuencia de una pulmonía mientras investigaba un caso, tendría la capacidad para averiguar la verdad. Pero sin él, nadie entenderá jamás lo que sucedió la última noche de fiestas de aquel año en Ribadeo...
¿Se han fijado en la expresión de una persona que ve el mar por primera vez y que jamás se haya imaginado la existencia de tal cantidad de agua? Pues, de alguna manera eso fue lo que sucedió, unos hechos a priori increíbles y que todavía hoy muchos de los que los experimentaron buscan incrédulos una explicación mientras que las nuevas generaciones creen que sólo se trata de rumores infundados que con el paso del tiempo han crecido como una bola de nieve y que carecen de cualquier validez.
Después de animados días de fiesta y jolgorio, en los que no faltó la diversión para los niños y los más mayores, llegó el Día Grande, la Fiesta de la excelsa patrona Santa María del Campo. Por la mañana veintiún potentes chupinazos se encargaron de despertar a los vecinos de toda la comarca y de anunciar la Fiesta. A media mañana tal y como viene siendo habitual tuvo lugar, tras la Misa Solemne, la procesión con las autoridades y representaciones locales acompañada por la Banda Municipal de Ribadeo dirigida por Hernán Naval que culminó con un concierto en la Praza de Abaixo. Por la noche dos afamadas orquestas una de A Coruña y otra de Pontevedra, se encargaron de animar la velada con los ritmos más calientes del verano y con los inmortales pasodobles y boleros de siempre.
Hasta ahí fue todo muy normal, la gente llenaba el campo de San Francisco y el Cantón Moreno, así como las atracciones de Feria en las que los niños se lo pasaban como lo que son, niños. El ambiente era festivo y los encuentros entre amigos y conocidos que se veían de año en año se sucedían entre las cuatro calles, los bares de tapeo y el recinto ferial. Además de los consabidos “¡hasta luego!” de una a otra acera se repetía una de las conversaciones más habituales en este tipo de reuniones improvisadas en plena calle:
- ¡Bienvenido!
- ¡Bien hallado!
- ¿Y cuando viniste?
- Hace unos días.
- ¿Y cuándo marchas?
- Pues, en cuanto acaben las Fiestas, después del Día de la Patrona...
Pero los hechos ocurrieron ajenos a estas conversaciones varias horas después de que tuviera lugar la gran traca final que ponía punto y final a las fiestas, que llenó el cielo de Ribadeo de fuegos de artificio reflejando caprichosas formas de todos los tipos y colores en la Ría. La orquesta de A Coruña había tocado su último tema, un popurrí que ponía el broche de oro al capítulo musical. Mientras, la humedad de la noche comenzaba a penetrar en los poros de la piel de los que todavía quedaban despiertos y con ganas de juerga a esas horas de la noche. La tómbola apuraba hasta el último momento la venta de boletos para obtener magníficos regalos entre los que no faltaban las chochonas ni los perritos piloto. Dos horas después de cerrar la tómbola no quedaba en el centro de la villa más que algún que otro noctámbulo afectado por los excesos de alcohol, incapaz de coordinar sus movimientos y menos las palabras. Para colmo, se había levantado un viento frío, que apenas dejaba caminar por calles que conducen al muelle de Porcillán, dando lugar a una noche muy desapacible. Dicen que el exceso de viento está asociado a la locura y a numerosos casos de suicido, tal vez es algo exagerado. Lo que no lo es, es el viento ribadense, en especial cuando azota el nordés.
Al amanecer, el centro urbano, entre al Ayuntamiento y la iglesia presentaba un aspecto increíble. Había que frotarse los ojos para ver lo que había allí porque el parque y el Campo de San Francisco se habían convertido de manera milagrosa en una especie de Mar de Aral, el mayor lago salado de Asia que por la sequedad del clima da lugar a imágenes chocantes de barcos varados en la arena a kilómetros de la costa. Varias embarcaciones habían cambiado el amarre del Club Náutico en la Ría y estaban fondeadas en tierra repartidas sin orden ni concierto. Los primeros que presenciaron tan inusual estampa fueron unos barrenderos municipales que se pellizcaron el uno al otro para creerse lo que veían. Los policías municipales, que en un principio consideraron que los barrenderos habían celebrado el día de la Patrona más de la cuenta, tardaron un rato en creerse las palabras de éstos y tras hacerse los remolones, al final se desplazaron hasta el parque donde ya no había duda de lo que les habían dicho. Unos fueron llamando a otros y los vecinos, que tradicionalmente el día después de las fiestas tardan en desperezarse más de lo normal, asistieron entre incrédulos y boquiabiertos al espectáculo. Todos comenzaron a preguntarse cómo era posible que los barcos estuvieran allí y quién había podido trasladarlos, pero las respuestas lógicas a estos dos interrogantes eran difíciles de encontrar.
Muchos pensaron, entre ellos algunos de los afectados, que se trataba de una broma pesada que alguien les había jugado, pero... Nadie había escuchado ni oído nada y los que no se habían acostado esa noche durmiendo su borrachera en los alrededores del Ayuntamiento tampoco pudieron ofrecer un testimonio fiable a los policías municipales que se personaron en el parque para ver el improvisado puerto en el que se había convertido el centro urbano.
La embarcación mallorquina de Leopoldo Calvo-Sotelo estaba amarrada junto a una palmera. Abarloada a ella e inmóvil sin el balanceo del agua se encontraba el Esfrán de Abelardo Lombardero que fue uno de los primeros en advertir que su lancha no se encontraba en el amarre habitual cuando a primera hora de la mañana, con la primera luz el día, había bajado al puerto para salir a pescar. A unos metros de allí y junto a la cafetería restaurante que fue fundada por el padre de su esposa, se distinguía el Torbas II, de Antonio ‘el de Mediante’, un hombre afable pero como buen asturiano, de carácter fuerte, en especial cuando se trata de asuntos relacionados con la mar, y a quien no le gustó nada ver a su embarcación en semejante situación. “Esto es cosa de mi hijo y sus amigos”, pensó malhumorado en el primer momento, cuando su amigo Abelardo le despertó airado y con el rostro desencajado para comunicarle que su lancha tampoco estaba en el amarre habitual del Club Náutico. Dos conocidos barcos de vela latina, el Airiños de Antonio de la Atalaya y el de Ernesto Cruzado navegaban de bolina en un mar de césped y tierra junto al monumento dedicado a El Viejo Pancho, situado frente a la Casa Consistorial. Así hasta un total de doce embarcaciones entre las que también se encontraban la motora de Tino, Castaño; la Lela, propiedad de Rajal, el ex Patrón de la Cofradía de Pescadores; y el Nanalú, yate del prestigioso ingeniero de caminos y ribadense de corazón, José Calavera, que ese día con un monumental enfado se tuvo que quedar en tierra sin poder salir a pescar marrajos, tal y como había previsto.
Las autoridades municipales, ante la envergadura de la inexplicable situación y tras convocar un pleno de urgencia en el Ayuntamiento, decidieron como primera medida acordonar la zona y poner el hecho en conocimiento de la Xunta de Galicia, que envió a un equipo de expertos para analizar los hechos y tomar las primeras medidas.
Ribadeo se convirtió de la mañana a la noche en capital informativa de primer orden y los telediarios nacionales abrieron con esta noticia. Algunos medios de comunicación fueron un poco más allá, y a cambio de pequeñas sumas de dinero consiguieron sensacionales e increíbles revelaciones para dar un pequeño toque amarillista, suficiente para traspasar la mera información y convertirse en espectáculo mediático.
La Comarca del Eo, cuya crónica fue escrita por Dionisio Franco, siempre al pie del cañón informativo, se agotó a las pocas horas de salir a la calle y otros periódicos como La Voz de Galicia, El Progreso, La Nueva España y La Voz de Asturias sacaron a lo largo numerosas ediciones, y siempre trataban de aportar respuestas a los numerosos interrogantes. La Plaza de España se convirtió en un improvisado estudio de televisión desde donde todas las cadenas hicieron conexiones especiales en directo y tampoco faltó Internet, la red de redes, que ofreció imágenes a través de sus páginas y abrió un foro de debate mundial a través de varios chats y canales.
En Ribadeo todo eran dimes y diretes. Para algunos, todo se trataba de una broma juvenil como la que acaeció a principios de la década de los cincuenta cuando en la Noche de San Juan apareció un bote colgado del campanario de la Iglesia Parroquial de Santa María del Campo. Entonces un grupo de jóvenes subió desde el muelle con la ayuda de una rodillos y cabos esa pequeña embarcación que consiguieron alzar hasta lo alto del campanario con una polea. No hace mucho y también durante la Noche de San Juan, el bote del Club Náutico aparecía fondeado en el tenderete de música del Campo de San Francisco. Al fin y al cabo, la noche más larga del año se celebra de muchas maneras en el mundo debido a su profundo significado y esta no es más que una tradición y las tradiciones son para perpertuarlas.
Pero estas gamberradas al lado de lo que estaban presenciando no eran más que un juego de niños. Entre las versiones, las hubo de todo tipo e incluso alguno relacionó este hecho con los temblores de tierra que se habían producido en la zona y que coincidían con los avistamientos de ovnis en Ourense. Incluso no faltó quién afirmó haber visto hombrecillos verdes, de casi dos metros y con manos de tres dedos...
Poco a poco, con el paso de los días, todo fue regresando a la normalidad y los propietarios de las embarcaciones, que seguían sin encontrar una explicación física, se conformaban con verlas de nuevo flotando y navegando en las aguas de la Ría, ya que apenas sufrieron daños de consideración excepto algunos arañazos en los cascos. Lo único a lo que todavía no han conseguido adaptarse es a las continuas bromas y referencias de los marineros del muelle, que no dejan de preguntarles por los calamares y las robalizas del... parque.
Desde entonces, nada es igual en Ribadeo y un grupo de inquietos jóvenes, espoleados por lo ocurrido, equipados con potentes cámaras de vídeo digitales y sensores de calor, continúan investigando muchas noches entre las callejuelas que rodean la Plaza de Abaixo. En especial, las noches de nordeste, ese viento tan ribadense en el que ellos esperan encontrar la clave de lo sucedido y que según sus teorías, transportó como hojas de papel las embarcaciones a través de calles como El Viejo Pancho, Amando Pérez, Trinidad o Ingeniero Schultz.
Aunque hasta ahora no han visto nada, todos tienen una cualidad que les evita desfallecer: ilusión. Muchas noches, cuando Ribadeo duerme se pueden ver sus sombras, apostados en portales y rincones de la zona vella. Para algunos vecinos, esta iniciativa no se trata más que de una locura, para otros, una simple pérdida de tiempo, pero ellos confían en averiguar lo que ocurrió aquella noche en la que terminaron las fiestas…