Hasta el bochornoso episodio del Odyssey con el pecio del galeón Nuestra Señora de las Mercedes, ejemplo de la impunidad con la que trabajan en los fondos marinos los cazatesoros, la administración española seguía sin enterarse de lo importante que es mantener y proteger el patrimonio sumergido. Al menos ya se ha hado un paso. Pero todavía no se ha acabado el desconocimiento hacia el mar y los hombres que han hecho de los océanos su medio de vida. –La mar es dura, pero aquí van las alubias de mi familia –me decía un pescador que se embarcaba cada año en la costera del bonito y que al menos un par de veces vivió el infierno del Gran Sol. El secuestro del atunero Alakrana en aguas del Océano Índico, a cargo de piratas somalíes, como ya sucediera con el Playa de Bakio, ha puesto de actualidad una actividad que pasa desapercibida a diario. Salvo que unos piratas armados hasta los dientes y tecnología de última generación tomen por la fuerza un barco de bandera española, aquí se desconoce la vida de los marineros. Por si las olas de nueve metros y la fuerza del viento no fueran suficiente, los marinos tienen otros enemigos a los que enfrentarse mientras aquí pensamos que la vida en el mar es como un placentero crucero por el mediterráneo con el capitán Stubing cenando en tu mesa. Una vez conocí a un tipo como Coy, el protagonista de La carta esférica, de Arturo Pérez Reverte. Era un marinero sin barco, en este caso por decisión propia y no por haber tocado fondo con un mercante, como le ocurrió a Coy. Compartimos una tarde de cervezas, algo de mojama y pescaíto de la bahía. Me contó que había empezado a salir a la mar en pesqueros, luego estudió náutica y estuvo casi dos décadas de un lado para otro a bordo de mercantes. La ironía no escondía su cansancio y confesó que se sentía mayor para seguir soportando los pantocazos del barco, el sueño por los continuos cambios de guardia y las estrecheces de la vida a bordo. La mar le había hecho tan duro como solitario. Lo único que le importaba del periódico era la información meteorológica, trató de convencerme de que en realidad lo que se movía era la Tierra y no un barco pero si había una cosa que le molestaba era que en vez de marino le llamaran embarcado. –¡Como si uno no existiera, coño! –gruñó.
jueves, 8 de octubre de 2009
domingo, 4 de octubre de 2009
Comediscos
Todos tenemos una banda sonora en nuestra vida. Puede que no nos demos cuenta y que ni siquiera tengamos grabadas en un CD o un mp3 las canciones que un día nos hicieron soñar, ser felices y hasta superar el trauma de una ruptura con la novia del cole. Pero basta escuchar alguna de esas canciones un día, por sorpresa, para que ese curioso archivo sensorial de la memoria que tenemos en el cerebro se ponga en marcha y nos actualice los recuerdos. La música tiene esa magia. Ahora que el rock español está de cumpleaños, medio siglo, es un buen momento para mirar atrás y desempolvar esos vinilos y las cassetes grabadas de la radio. Al menos, cada canción que escucho tiene el poder de trasladarme en el espacio y el tiempo. En la mítica Rock-Ola, mientras tocaba Aviador Dro me declaré a una chica; en la Escuela de Caminos flipé con Alaska y los Pegamoides; en Vigo, en una noche de juerga, pincharon un tema de Prefab Sprout en la discoteca que me recordó a un amor perdido; en una solitaria playa de la costa lucense, The Smiths sonaron en una romántica puesta de sol; en La Romana (Alicante) la pachanga de una orquesta reventó los pies de mi pareja y los míos de tanto bailar; en la sala Clamores percibí la emotividad que un tipo como Antonio Vega transmitía y que a través de un himno generacional como Chica de Ayer hacía cómplice a todo el público… Así podría seguir, de un lugar a otro, uniendo canción y recuerdo, amores y desengaños, resaca y sobriedad, aprobados y suspensos, felicidad y tristeza. No sé que hubiera sido de mi vida sin música, como le sucede a John Cusack en el papel que interpreta en Alta Fidelidad. Igual que él, también tengo mi top ten, pero esta lista me la reservo. Ahora que según el periodista y crítico musical Diego Manrique se cumplen 50 años del rock español, tomando como referencia la edición del primer disco del Dúo Dinámico en el sello Odeón, es un buen momento para reconocer a los músicos su heroicidad y desfachatez para salir adelante en estas décadas, dando testimonio de modernidad, esplendor creativo y, simplemente, por haberme hecho la vida más fácil. Lo que me ha costado expresar en 27 líneas Mark Knopfler lo resume en una frase: “La gente utiliza mi música para vivir mejor. Pues eso
Nota de redacción

Iba a escribir sobre el fiasco de Madrid como candidata para organizar los Juegos Olímpicos de 2016 pero he cambiado de idea. Entre la farsa mediática montada en Copenhague, los absurdos mecanismos de esos celebérrimos y altivos miembros del COI, la propaganda sentimental de la Corazonada, la megalomanía de Gallardón, el negociete que supone vivir de la organización de unos JJOO durante unos años, el arribismo patrio a todo trapo en el mejor hotel de la capital danesa y, sobre todo, la falta de verdadero espíritu olímpico, se me han quitado las ganas. Así que paso olímpicamente.
PD. Por cierto. Francis Ford Coppola fracasó estrepitosamente en taquilla con una película llamada Corazonada
domingo, 27 de septiembre de 2009
Blomkvist
No suelo coger taxis habitualmente, pero hace unos días lo tuve que hacer. Me esperaban para una cena unos amigos y mi mujer. Como casi siempre, llegaba tarde. Me acerqué al vehículo en la parada, pregunté al taxista si estaba libre y aunque no me contestó me subí al taxi. La verdad es que el taxista ni se inmutó con mi presencia. Ni siquiera se volvió para preguntarme adónde íbamos. Tuve que golpear la mampara de seguridad para llamar su atención y recordarle que tenía un cliente, lo que al fin y al cabo es sinónimo de bajada de bandera y taxímetro en marcha. Fue entonces cuando me di cuenta que lo que le tenía absorto era la lectura de un libro, aunque en el primer momento pensé que le parecía más interesante que una carrera el Marca y esos absurdos reportajes que cuantifican los kilopondios por centímetro cuadrado que despide la bota de Cristiano Ronaldo cuando lanza un libre directo. Error mío. En cuanto oyó el ruido de la mampara me pidió disculpas y empezamos la marcha hacia la casa de mis amigos en la calle Ibiza, cuya dirección al fin le pude indicar. Al volverse aprecié que el libro era Los hombres que no amaban a las mujeres, primera entrega de ese fenómeno literario escrito por el sueco Stieg Larsson.
–No leía mucho, ¿sabe? La prensa deportiva y esas cosas, pero esto me tiene enganchado. Desde que lo empecé… ¡hay que ver todo lo que pasa al Blomkvist éste!
Durante el trayecto por Madrid, sorteando zanjas, poniendo a prueba la paciencia en un atasco nocturno y bajo las pancartas de la Corazonada olímpica de 2016, comentamos las aventuras de Blomkvist y de Salander. Además, me explicó que algún cliente se había olvidado el libro en el asiento trasero. Nadie lo había reclamado.
–Como ya no iba a encontrar al dueño comencé a hojearlo… y ya ve –me confesó.
Más tarde, durante la tertulia de la cena, salió como tema de conversación Millenium y lo envidiosos que eran algunos escritores que van de profundos por la vida. Mi amigo nos hizo cómplices del disgusto que le había causado olvidarse hace unos días el libro de Larsson recién comprado. Esbocé una sonrisa, rellené la copa de vino y en ese instante decidí que la próxima vez que tome un taxi también se me olvidará un libro.
–No leía mucho, ¿sabe? La prensa deportiva y esas cosas, pero esto me tiene enganchado. Desde que lo empecé… ¡hay que ver todo lo que pasa al Blomkvist éste!
Durante el trayecto por Madrid, sorteando zanjas, poniendo a prueba la paciencia en un atasco nocturno y bajo las pancartas de la Corazonada olímpica de 2016, comentamos las aventuras de Blomkvist y de Salander. Además, me explicó que algún cliente se había olvidado el libro en el asiento trasero. Nadie lo había reclamado.
–Como ya no iba a encontrar al dueño comencé a hojearlo… y ya ve –me confesó.
Más tarde, durante la tertulia de la cena, salió como tema de conversación Millenium y lo envidiosos que eran algunos escritores que van de profundos por la vida. Mi amigo nos hizo cómplices del disgusto que le había causado olvidarse hace unos días el libro de Larsson recién comprado. Esbocé una sonrisa, rellené la copa de vino y en ese instante decidí que la próxima vez que tome un taxi también se me olvidará un libro.
domingo, 20 de septiembre de 2009
Barbas
Las sonrisas y las barbas tienen muchas cosas en común. La mayoría de las veces se complementan, aunque otras veces es como vestirse con una americana de Armani y unos leggings de Ágatha Ruiz de la Prada. Pero sonrisas las hay de todos los tipos. Malvadas, cáusticas, mordaces, inocentes o, simplemente, profidén. Y con las barbas pasa algo parecido, con una excepción: siempre han tenido una connotación negativa. Lo que hasta hace poco era un símbolo de rebeldía revolucionaria en las montañas de la Sierra Maestra, de piratas sanguinarios, comunistas atrapados en el mayo del 68, de titiriteros del cine español o perroflautas, hoy en día está al alza. Hasta Don Juan Carlos I o el Príncipe de Asturias la lucen. Dicen los expertos que la crisis tiene que ver con esta moda de dejarse barba. Igual que desciende el número de separaciones y divorcios en los últimos meses, la perilla bien poblada de pelo es la señal que nuestro cuerpo emite para mostrar la angustia vital ante la crisis económica. Siempre hay teóricos para todo, así que a ver cómo explican que Ulises también tuviera barba mucho antes de que el ladrillo hiciera boom y la quiebra de Lehman Brothers pusiera al mundo al borde del infarto. El legendario Ulises, al que siempre imagino con barba en su larga odisea, se ató al mástil de un barco mientras navegaba por las mediterráneas islas Eólicas para protegerse de los embaucadores cantos de sirena, sinónimo inevitable de perdición que hoy encarnan esos llamados activos tóxicos de Lehman Brothers y los especuladores inmobiliarios. Seguro que Ulises no sonreía ante la tentación. No obstante, también hay gente que no borra la sonrisa de su rostro cuando en realidad te la está metiendo doblada. No sé si Evo Morales, presidente de Bolivia, es de esos, pero me da que es de sonrisa fácil. Tras una cena de postín en el Palacio Real al dirigente boliviano no se le ocurrió otra cosa que mostrar su sorpresa por haber sido agasajado por los Reyes de España en el Palacio Real, “el centro en donde se tomaban las decisiones políticas para la invasión”. Supongo que ver a un rey humano estimuló su imaginación revolucionaria hasta oír los cantos de sirena, pero intuyo que en el rostro con barba del monarca, como Ulises en las Eólicas, no se dibujó la mínima sonrisa.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Farsa
Hay cosas que no cambian. En esta decadente sociedad del bienestar, ya con más vicios que virtudes, si hay un gesto que se repite entre el personal es el de torcer la cara. Es como cuando te cruzas con un conocido en tu pueblo y disimulas que no le ves. Pues algo así sucede en nuestra sociedad, especializada en mirar hacia otro lado. Creemos que la leche viene de los tetrabric y no de vacas que no hace muchos años eran el único modo de vida de familias enteras. Ni siquiera nos paramos a pensar que detrás de la comida precocinada que metemos en el microondas hay restos de una ternera a la que el matarife de turno le ha dado lo suyo antes de que el acabado del proceso industrial la etiquete. Pero no lo vemos y evitamos el sufrimiento. Miramos a otro lado, que es más rentable para el alma. ¿Qué les parece Afganistán? Los taliban atacan a diestro y siniestro a una columna de 25 blindados del ejército español y Carme Chacón define a los guerrilleros como “delincuentes comunes”. ¿Para qué llamar a las cosas por su nombre, no? Queda más bonito lo de misión humanitaria y mientras, los soldados que están allí recibiendo estopa por los talibán. Y es que en este país pasan algunas cosas que, visto lo visto, te dan argumentos para unirte a las cofradías de las flores de hippies que viven de las reminiscencias de Woodstock. Aunque entre los neohippies progres y los bienpensantes, me niego a elegir. Entre otras cosas porque un día te enteras de que los hijos de Rajoy y José Blanco van al mismo colegio, un elitista centro de enseñanza privado, claro. Y es que la extravagancia se ha instalado en nuestra vida y la aceptamos como si tal cosa. Debatimos de manera encendida entre la Campanario o la princesa del barrio de San Blas, Belén Esteban, y lo elevamos a cuestión de Estado mientras desde la OCDE nos ponen las orejas de burro. Vivimos en tiempos en los que entras en un hotel, te vas al ascensor y coincides con un tipo calvo, al que le cae una gota de sudor por la frente mientras el nudo wilson de la corbata le acogota el cuello. Cuando le preguntas a qué piso va, te responde que al octavo, aunque lo que te molesta es que se te queda mirando un rato hasta que al fin pregunta: ¿No somos amigos en el Facebook? Ahora hasta los amigos los elige una red social. Menuda farsa.
viernes, 4 de septiembre de 2009
Tapas
La directora Isabel Coixet aseguraba recientemente, durante la promoción de Mapa de los sonidos de Tokio, su última película, que los españoles y los japoneses tienen en la pasión por la comida uno de sus temas preferidos de conversación. “En eso, Japón y España son iguales", asegura la realizadora. El otro tema de conversación favorito que dice Coixet que tenemos con los japoneses es el sexo, pero creo que aquí es más de boquilla que otra cosa, digo yo, porque en realidad se habla más del tiempo y de si la lluvia nos va a fastidiar el fin de semana. Pero es cierto que los españoles siempre estamos pensando en zampar. Nos pasamos la vida haciendo alusiones a comidas y lugares de los que no podemos olvidar un arroz con bogavante, un pote berciano o la salsa alioli. Aprovechamos cualquier tertulia con los compañeros de trabajo para soltar de pronto lo que vamos a cenar esta noche mientras nuestros estómagos comienzan a crujir. Supongo que Cervantes cuando navegaba a bordo de la galera que le llevó a jugarse el pescuezo ante los turcos, en más de un momento pensó cuánto le gustaría llevarse a la boca unos duelos y quebrantos, regados con generoso vino de la tierra. Pocas cosas han cambiado desde entonces, pese que la hamburguesa ha ganado terreno, el sushi reina en las fiestas más snobs y los cocineros llenan de sabores y combinaciones el universo gastronómico. Pero la tapa es lo que se lleva. Basta con ver a los Madrileños, Españoles o Lagarteranos por el mundo para comprobar cómo lo que más echan de menos los que viven a miles de kilómetros de su ciudad es una tapa. De Cotonou a Libreville, las Seychelles, Sidney o Lisboa lo que más añoran son las tapas, y “el jamoncito, el quesito...”, que no faltan en sus frigoríficos. Puestos a pedir, nada como los boquerones en vinagre con patatas fritas, las bravas del Luman o las cañas de crema de la pastelería de mi infancia en el barrio de Prosperidad. Así, suma y sigue, la lista de Delicatessen es tan larga que no hay ciudad o pueblo que presuma de ellas, con feria de tapas incluida. Ahora que descubrimos que España y Japón están unidos por la zampa sólo nos falta una primera dama cocinera, como en el país nipón. Aquí, se me ocurre, no estaría mal que la mujer de Ferrán Adriá llevara las riendas del país. España, al menos, estaría en su punto.
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